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domingo, 11 de octubre de 2026

Amantes de mis cuentos: Técnicas para enamorar

 





Aquel verano de mis dieciséis años tomé la decisión de enamorarme. Todos mis amigos tenían novia y yo estaba más solo que la una. Mi afición era leer, leer y leer.


Me gustaba la poesía, las novelas, los comics, los periódicos, los anuncios... Debía encontrar a la chica de mis sueños para no llegar a ser un solterón empedernido, como diría la abuela.


Hice un repaso de las chicas que conocía. Y me desanimé. Todas ellas estaban rodeadas de moscones, salvo una que me dije: Esa es tan rara como yo. Siempre está sola.


Un día la vi paseando por el camino que lleva al Castillo y como alguien caído del cielo me acerqué. Ni cuenta se dio. Tuve la intención de decirle muchas cosas, pero me había vuelto mudo. No arrancaba a hablar. Se me olvidaron las palabras.


Menos mal que me acordé de Benedetti y tomé carrerilla. Como si no existiera pasé por su lado como un loco trovador, repitiendo más o menos:


Mi táctica es mirarte

aprender como eres,

quererte como eres


Para mi asombro escuché una voz melodiosa:


Mi táctica es hablarte

y escucharte,

construir con palabras un puente.



Me paré en seco. Tartamudeando continué:


Mi táctica es quedarme en tu recuerdo.

No sé cómo ni sé con qué pretexto,

pero quedarme contigo.



Y, anda que no me quedé. Llevo con ella más de sesenta años.

Cuando discutimos por nimiedades, ella recita al uruguayo y se acaba el problema. Gracias a ese hombre que nunca tuvimos el placer de conocer, encontramos la solución perfecta para nuestras desavenencias. Es como si fuera de la familia, porque recitándolo tuvimos doce hijos. Al primero lo bautizamos con su nombre.


© Marieta Alonso Más


domingo, 4 de octubre de 2026

Amantes de mis cuentos: Malandra por obligación

 




La tía Julia, que no tenía responsabilidad con nadie y nadie la tenía con ella, se vio de repente ante la tesitura de dar de comer, vestir y atender a siete sobrinos entre dos y ocho años. A su hermana y cuñado les había dado la ventolera de coger rumbo hacia la Eternidad sin comentárselo siquiera.

Ella, que tanta fama tenía de trabajadora y honrada, cualidades que le permitieron colocarse de cocinera en el palacio de los condes de su pueblo, se vio abocada a agilizar la mente, por los acuciantes intereses familiares y las bocas abiertas de aquellos rapaces. Salir bien parada de tristes andanzas y utilizar las manos para hurtar con astucia, fue algo realmente imprescindible.

Tanta picardía y maña se dio que para todos siguió siendo la persona más honrada de su pueblo. Y eso que trapicheaba con las sobras, ya fueran alimentos de la despensa, ropa de los armarios, jabón de olor, agua de colonia... Todo lo afanaba para que sus niños no pasaran hambre y estuvieran como una patena de la cabeza a los pies.

 

 

© Marieta Alonso Más

domingo, 27 de septiembre de 2026

Amantes de mis cuentos: Peticiones

 



Nona tras la epidemia de 1918 en que perdió a sus tres hijas, tuvo que cuidar a cinco nietos pequeños, entre seis meses y cuatro años; un marido siempre enfermo, era alérgico al trabajo; tres yernos que los viernes se gastaban en el bar lo que habían cobrado en la semana y, desesperada se iba a la iglesia.

Ante la imagen del Cristo de la Buena Muerte, resguardada en un rincón, pedía casi a gritos, como si amonestara al Señor, que la sacara de la tierra, que ella estaba muy vieja para tanto quehacer; que los nietos crecieran rápido, se hicieran hombres y mujeres de bien; que los yernos se casaran con cualquiera de las pelanduscas que merodeaba en el bar y se los llevaran bien lejos, que nunca volvieran; y si tanto se empeñaba en no llevarla junto a Él..., al menos ¡Jesús mío, déjame viuda!



© Marieta Alonso Más

domingo, 13 de septiembre de 2026

Amantes de mis cuentos: El trabajo no era bueno para mi salud hasta que...

 



Mi padre me puso a trabajar en la oficina de un amigo, ya estaba bien de hacer el vago, dijo cabreado. Que mi cabeza no regía del todo bien era verdad, pero si sabía ir detrás de las chicas y comer con pasión, glotonería mejor dicho, también podía poner el mismo empeño en currar. Mi madre me hizo señas de que no le llevara la contraria. Mi progenitor es muy bueno, pero tiene un genio diabólico.

Y aquí estoy. En un sótano lleno de archivadores, estanterías, con una trituradora rompiendo papeles de hace un siglo. Siento que hay algo raro en el ambiente, los fantasmas parecen más una certeza que una suposición.

Hay una taladradora con vida propia, recojo los redondeles que caen por el suelo como si fueran copos de nieve, se reproducen sin que nadie ponga de su parte. Esto no me gusta nada. Así que decido sentarme a conversar con los espíritus. Han resultado ser amigables y les encanta trabajar.

Buena señal, así que he estado sentado en una sillón de ejecutivo dando órdenes, que se llevan a cabo en un momento. Y en menos de lo que canta un gallo hemos terminado de romper papeles.

Todo está limpio, recogido y lo único que he hecho ha sido llevar unos sacos enormes, negros, llenos de papeles a los contenedores. Menudo trabajo, no crean. Seis viajes. Los compañeros cuando me vieron cargando hasta con diez sacos a la vez no se lo podían creer y se miraban unos a otros. Tengo mucha fuerza. Lo hice porque los espectros me explicaron que ellos no podían salir de aquella habitación y por unos amigos se hace lo que haga falta.

Hasta el jefe salió, el amigo de mi padre, no se podía creer mi hazaña y el muy egoísta me dijo que al día siguiente haría lo mismo en un despacho con papeles de alto secreto.

Se me heló la sangre y me fui hablar con mis amigos, a contarles el problema. Nos sentamos, ellos en el suelo y yo en el cómodo sillón. A uno de ellos se le ocurrió que si los metía a todos en un saco y los llevaba a la espalda, a lo mejor, podrían pasar de un lugar a otro, sin problemas. Así lo hicimos. Y desde entonces soy el gran jefe del grupo de las ánimas, más feliz de este mundo. Ellos son mis amigos de verdad y mi padre, desde entonces, no logra cerrar la boca de la impresión.



© Marieta Alonso

domingo, 6 de septiembre de 2026

Amantes de mis cuentos: La vida es cuento

 




De niña me encantaban las carrozas, mi abuela las llamaba berlinas. Desde que mi madre, sentada en mi cama, me leyó, por primera vez, el cuento de Cenicienta no tuve otro objetivo en la vida: Cada calabaza que encontraba era un carruaje, cada ratón un caballo y mi perro Pluto dejó de ser un canino para convertirse en un cochero con lujosa librea.

Mi hada madrina fue el vecino de casa, quien, un día, con una varita mágica, sacó del pajar un carro lleno de excrementos, pero cuando las mujeres de mi familia lo limpiaron, pintaron y adornaron, fue lo más bonito que he visto en mi vida.

No tengo hermanos. Lo que tengo son cuatro tías, una madre y una abuela. En mi casa lo femenino está en alza. Las cinco hijas de mi abuela salieron muy diferentes, lo que sí tenían en común era un gran amor entre ellas. Lo demostraban discutiendo a todas horas.

La que mangoneaba, la sabidilla, era mi madre, la pequeña. Pero, lo que es la vida: las cuatro mayores, siendo guapas, simpáticas y trabajadoras, se quedaron para vestir santos. Por el contrario, mi madre, que de esas tres virtudes andaba bastante escasa, se casó cinco veces. Pienso que se enamoraban de ella por ese olor a melocotón en almíbar que destilaba.

Gracias a Dios enviudó de todos ellos sin tener hijos. Y una tarde lluviosa decidió que no podía esperar, que el arroz se le pasaba y salió a la calle en busca de un príncipe. No olvidó llevar sus zapatos de cristal. A los nueve meses nacía yo, su única hija. El heredero al reino no volvió a aparecer.

Crecí y con los años aquellas fantasías desmedidas fueron perdiendo importancia, hasta que las dejé de percibir. Fue gracias a mi abuela que no paraba de aconsejarme:

—Haz el favor, no imites a tu madre. ¡Abre los ojos! ¡Y déjate de cuentos!

 

© Marieta Alonso Más

 

domingo, 23 de agosto de 2026

Amantes de mis cuentos: La araña juguetona

 




Era la mañana de un día de primavera cuando un joven se fue al campo para pasar un día tranquilo. Se levantó pronto, le dolía la cabeza, no le sentaba nada bien trasnochar. Le apetecía bañarse en el río y allá se fue.

Una araña que había tejido su tela entre las hojas de una gran higuera lo estuvo vigilando. No le hizo caso. Se desnudó, pero cuando fue a entrar en el agua, allí estaba, delante de él. Era tan grande como la oreja de un elefante. Caminó diez pasos a la izquierda y cuando levantó el pie casi pisa aquella bestia. Cambió de rumbo, se fue a la derecha, pero la maldita araña iba tras él. Así estuvo de aquí para allá durante más de quince minutos.

Se puso a pensar, algo que no siempre se le daba bien. La noche anterior su amigo, el tabernero, se negó a darle otra cerveza, dijo que ya estaba bastante achispado, que se fuera a la cama. Le hizo caso.

Y ahora ese arácnido enorme se le había puesto justo al lado. Había leído en alguna parte que existe un grupo de ellas muy peligrosas para los humanos. La miró fijamente. Solo le veía los cuatro pares de patas y unos ojos enormes que hacían el gesto de «sígueme» y claro, la siguió, hasta un sitio, donde de buenas a primeras, aparecieron tres cadáveres.

«Hasta aquí hemos llegado», así de serio le habló. A estos jóvenes les has envenenado con tus glándulas, pero a mí, trabajo te va a costar pillarme, y salió corriendo hacia donde más seguro se sentía: la taberna.

Nadie le creyó, a pesar de la desnudez con la que se presentó. «Delirium tremens», diagnosticaron los alcohólicos conocidos. Solo dos policías que durante su ronda bebían tónica, pidieron que le acompañara al lugar de los hechos.

La taberna cerró y todos en fila india se acercaron donde esa  depredadora les estaba esperando.

 

© Marieta Alonso Más

domingo, 9 de agosto de 2026

Amantes de mis cuentos: Los perfumes y yo

 



Un hombre choca conmigo frente al Museo del Prado. Disculpe. Y se va dejando tras él un rastro de aromas. Por un instante siento un torrente de recuerdos: la playa, la brisa marina, la madera de pino... Me siento en un banco cercano.

Poco tiempo estuve sola. A mi lado aparece un anciano igualito a Plinio el Viejo que me sonríe y sin preguntarle nada me suelta que la perfumería es el arte de hacer perfumes y que se practica desde los albores de la civilización, que los egipcios fueron pioneros en la utilización de esencias aromáticas, que los griegos asociaban los perfumes con la belleza y la salud. A lo mejor el hombre que pasó por mi lado rozó a Plinio y le han venido todos estos recuerdos.

No para de hablar. Ahora cuenta que los romanos incorporaron el perfume a los baños públicos, a los vestidos y a los rituales sociales. Y no contento con eso continúa con voz monótona: en Persia, en los jardines reales cultivaban rosas y azafrán para destilar esencias, usando alambiques primitivos. Y que hoy, la perfumería combina arte, ciencia y cultura.

A duras penas me lo quité de encima y me dirigí al Metro. Ya en el vagón, entraron media docena de adolescentes. Venían de jugar un partido de fútbol, ellos tan altos y yo tan baja, mi nariz quedaba a la altura de sus axilas. No sé cómo volví a tener a Plinio a mi lado y me cuenta que según Darwin los humanos y los monos descendemos de un tronco común que se separó hace millones de años. Que los chimpancés son los primos más cercanos a la humanidad.

¡Oh, Dios mío! Estos chicos tan altos y tan guapos, no han tenido tiempo de pasar por la ducha y han creado una identidad olfativa única. ¿Qué remedio pondrían los egipcios, los griegos, los romanos, los persas…? Plinio me sacó de dudas: el perfume.

© Marieta Alonso Más  

domingo, 2 de agosto de 2026

Amantes de mis cuentos: ¿Dónde vas con mantón?

 



La bisabuela tenía unos primos que vivían en Manila y, en su viaje de vuelta a España tras la independencia, le trajeron un mantón de regalo. 

Desde entonces, fue un tesoro para la familia. Tiene bordados de flores y pájaros de distintos colores y unos preciosos flecos.

Se dice que ese lienzo cuadrado de seda es de origen chino, a pesar del nombre. 

La Señá Candelas, así llamaban a mi bisa, una vez al mes, lo sacaba de la caja donde lo tenía guardado, lo aireaba y lo dejaba caer sin doblar. 

Nunca tuvo ocasión y cuando surgió la oportunidad no se atrevió a lucir tan lujosa prenda. 

Solo tuvo hijos, nada de nietas, pero al fin, llegó la niña en la cuarta generación y hay que ver, esa bisnieta, el aire que le da al mantón. Que si en una boda, que si bailando flamenco, que si anudado a la altura de las caderas para ir a la verbena de la Virgen de la Paloma.

La chica sigue la tradición guardándolo con sumo cuidado. La última vez que lo usó, su padre pesaroso, manifestó:

—¡Qué lástima, que no te vea mi abuela!

Le dio un beso emocionado y entonces se oyó una voz nacida de no se sabe dónde:

«Que no la veo, eso es lo que tú te crees».

 

Marieta Alonso Más

 

 

domingo, 26 de julio de 2026

Amantes de mis cuentos: Mirada exhaustiva

 






Érase una vez una princesa que no tenía memoria visual.

Un día, en un baile, conoció a un joven y se enamoraron. Se vieron todas las tardes durante una semana, pero se tuvieron que despedir ya que el joven no tenía más remedio que marchar a la guerra.

Ninguno de los dos tuvo la precaución de quedarse con una foto.

Pasaron seis años y un día estando la princesa en su jardín, se presentó un hombre que dijo ser aquel joven.

Ella le miró de arriba abajo, de derecha a izquierda, le rodeó mirándolo fijamente, le hizo caminar hasta un árbol frondoso que quedaba cerca, le pidió que regresara con la cabeza alta y que tragase saliva.

Al final le dijo que era imposible que fuera él. Su amor jamás tendría aquella nuez en la garganta.

 

© Marieta Alonso Más

domingo, 12 de julio de 2026

Amantes de mis cuentos: Dicen que la palabra nunca es inocente

 




En el juzgado número 15, de la capital de un país lejano, se enfrentaban jueces, fiscales y abogados defensores ante la acusada.

No era una mujer, ni un hombre, ni un adolescente, ni un perro, ni un gato, era una palabra que luchaba por tener los mismos derechos que los demás.

Pobre palabra procesada. Por no tener, ni siquiera tenía, la presunción de inocencia.

 

© Marieta Alonso Más


domingo, 5 de julio de 2026

Amantes de mis cuentos: El medallón

 


Dentro de muy poco, será Semana Santa y nos saludará la primavera con sus días más largos y soleados, con el regreso de las aves migratorias y las ganas de vivir…

Me gusta esta estación del año. A pesar de lo que sucede en mi familia. Sí, en la rama materna, la línea femenina. Varias de ellas, se han ido para siempre con noventa años y a la misma hora de un Viernes Santo. Parece mentira, pero así es. Todo comenzó con mi tatarabuela. Esta mujer a la que solo conozco a través de un medallón, que hoy tengo entre mis manos y que tiene incrustado un granate precioso, chiquitito, debajo de su foto.

Ella nació allá por 1848 en lo que es hoy es la República Checa. Por avatares de la vida, su tataranieta, yo, vivo en Madrid. El medallón ha ido pasando de mano en mano, de generación en generación, hasta llegar a las mías.

El granate, ese mineral de color rojo intenso, además de ser bello, tiene propiedades mágicas. Se dice que da energía vital, protege el amor, cuida al corazón y la circulación sanguínea…

Lo aprieto muy fuerte entre mis manos a la espera de que no tenga en cuenta el maleficio, porque el próximo tres de abril, cumplo esa bonita edad y es Viernes Santo.

 

Marieta Alonso Más

domingo, 28 de junio de 2026

Amantes de mis cuentos: Historias de la niñez. El cine de mi pueblo

 



Estaba situado en la calle principal. Muchos carteles anunciaban las películas. La mayoría de las veces eran reposiciones antiguas. Solía haber programa doble, salvo que la película fuera muy larga, como «Ben-hur» o «Sonrisas y lágrimas». Los asientos estaban sin numerar y se llevaban cojines porque al cabo de media hora no sabías cómo sentarte.

El flaco, un hombre de mediana edad, servía de acomodador, vendía las entradas en la ventanilla y era el encargado de que la película no se atascara.

Los amigos íbamos los sábados por la tarde. Aquellas sillas fueron testigos de muchos amoríos quinceañeros. Recuerdo una novia, muy erudita, que con su cháchara tenía el don de adormecerme.

Aquel día hablaba del cine como espectáculo, por lo visto este tinglado comenzó el 28 de diciembre de 1895 en París. Algo dijo de los hermanos Lumière.

¡Qué podía importarme! Si en aquel momento estaba viendo y oyendo a Cantinflas decir: «El mundo debería reírse más, pero después de haber comido.» Y fue como un relámpago comprobar el hambre que tenía, me levanté y pidiendo permiso salí al pasillo. Detrás de mí quedaron murmullos de protesta.

En el bar de enfrente me puse a reventar, mi estómago había alcanzado su capacidad máxima de almacenamiento. Todo me hacía reír. En verdad: Cantinflas era un saco de sabiduría.

Volví a entrar en el cine, volví a oír las protestas, con la que no volví a salir fue con aquella novia. Y no sé ¿por qué?

 

© Marieta Alonso Más

domingo, 14 de junio de 2026

Amantes de mis cuentos: Ocultos deseos

 




Se cuenta que hace mucho tiempo vivió un hombre solitario de cabeza casta y cuerpo pecador.

El pobre pensaba que discurseando sobre la moral se apaciguarían las furias pasionales impuestas por la naturaleza, los tormentos de los apetitos insatisfechos, la alegría de los placeres consumados.

La de horas que gastaba de pie sobre un cajón de madera en aquella esquina del parque londinense exhortando a todo aquél que quisiera escucharle:

Ante todo, moderación en los males que aquejaban a la Humanidad si se continuaba dando rienda suelta a los instintos.

Extenuado y afónico regresaba a paso lento, como era su costumbre, a sentarse ante la chimenea que chisporroteaba mientras, en el exterior, oscuros nubarrones presagiaban un espeluznante temporal, al que esperaba con impaciencia, para salir con los brazos en alto, justo en el momento de descargar aquellas flechas de agua que le harían feliz, por limpiar las calles de toda inmundicia y a él de pensamientos obscenos. 

 

Marieta Alonso Más

domingo, 7 de junio de 2026

Amantes de mis cuentos: Todo cambia en un segundo

  



Hay a quienes les gusta viajar, otros sienten un afán por ganar dinero que da pavor, y otros, pocos, lo único que saben es trabajar. A mí lo que me apasiona es ir a desfiles de moda, no porque quiera ser modelo, no valgo para ello: soy canija. Lo que me atrae es el glamour, el ambiente, la pasarela, la combinación de creatividad y espectáculo. Nunca me he comprado nada, pero allí estoy.

Aquel día amaneció a cero grados, caía agua nieve. Me coloqué el abrigo de mi madre y cogí el paraguas. Tras el desfile, me quedé curioseando, como siempre.

En mala hora.

Al retirar uno de tantos cortinajes tropecé con un cadáver cosido a puñaladas. El cuerpo de una mujer de ojos grandes y profundos como charcos negros, miraban fijamente, el rostro manoseado por la vejez había dejado un río de sangre.

La pasarela, muda y solitaria, despertó y se oyeron pasos apresurados. No quise mirar quién era, posiblemente el asesino regresaría al lugar del crimen. Si me encontrara, ¡oh, Dios mío!, me hilvanaba. Sería su segunda víctima. Me preparé para morir. Muda de espanto, permanecí a la espera de mi destino. Alguien me tocó en el hombro y de pronto, pensé que debía luchar. Me di la vuelta amenazando con el paraguas.

Era la policía.

Me explicaron que aquella señora, una maquilladora de toda la vida, había sufrido un infarto. La sangre que había visto correr a borbotones solo eran efectos especiales y las puñaladas producto de mi imaginación. 

Lloré por aquella mujer que no conocí en vida. Y al día siguiente, me presenté en el cementerio y recordé lo que mi madre, mujer inteligente, decía: Ten un abrigo a mano, que sirva para todo, para ir a la compra, a los desfiles, a los entierros. 

 

© Marieta Alonso Más 

 

lunes, 1 de junio de 2026

Amantes de mis cuentos: ¿Superstición?

 


Dentro de muy poco, será Semana Santa y nos saludará la primavera con sus días más largos y soleados, con el regreso de las aves migratorias y las ganas de vivir…

Me gusta esta estación del año. A pesar de lo que sucede en mi familia. Sí, en la rama materna, la línea femenina. Varias de ellas, se han ido para siempre con noventa años y a la misma hora de un Viernes Santo. Parece mentira, pero así es. Todo comenzó con mi tatarabuela. Esta mujer a la que solo conozco a través de un medallón, que hoy tengo entre mis manos y que tiene incrustado un granate precioso, chiquitito, debajo de su foto.

Ella nació allá por 1848 en lo que es hoy es la República Checa. Por avatares de la vida, su tataranieta, yo, vivo en Madrid. El medallón ha ido pasando de mano en mano, de generación en generación, hasta llegar a las mías.

El granate, ese mineral de color rojo intenso, además de ser bello, tiene propiedades mágicas. Se dice que da energía vital, protege el amor, cuida al corazón y la circulación sanguínea…

Lo aprieto muy fuerte entre mis manos a la espera de que no tenga en cuenta el maleficio, porque el próximo tres de abril, cumplo esa bonita edad y es Viernes Santo.

 

Marieta Alonso Más

domingo, 24 de mayo de 2026

Amantes de mis cuentos: Educación ante todo

 


 

Era un hombre de una sensibilidad rayana en la cursilería, como si fuera de otra época. Cuando hablaba con una mujer se quitaba el sombrero. No se sentaba en el coche sin antes no abrir y cerrar la puerta de la acompañante. Y ayudaba a colocar el cinturón de seguridad.  

Un día se enamoró de una mujer que aparentaba ser de alta cuna, pero en el fondo, si se la lijaba un poco, no mucho, era chabacana, soez, zafia...

No tardó en sacar a flote su verdadera naturaleza y por la bonita boca comenzó a brotar todo el vocabulario del arrabal de donde provenía. Las palabrotas, los insultos, las amenazas no se hicieron esperar.

Aquel infeliz se ponía rojo como la grana hasta que un día, en su desesperación, musitó:

—Te quiero, pero me veo forzado abrir las puertas de mi casa para que te marches.

Ella muy ofendida le gritó tales cosas que los vecinos asomaron la cabeza.

Dos lágrimas manaron de los ojos de aquel caballero y susurrándole rogó:

—Por favor no me fuerces a enviarte allí donde se depositan las heces fecales.

  

© Marieta Alonso Más

domingo, 10 de mayo de 2026

Amantes de mis cuentos: A veces, ocurren cosas muy raras

 




Ayer, estuvo nevando toda la tarde y no pude salir a dar los cinco mil pasos que me recomendó el doctor. Por lo que, me puse a bordar a punto de cruz, una taza de café, platillo y cuchara en un paño de cocina, frente a la ventana.

De pronto, llegó la tía Ofelia, que a los veinte años murió en extrañas circunstancias y se sentó a mi lado. Por aquel entonces yo tenía doce, ahora voy camino de los cien.

Venía dispuesta a merendar y a contarme su vida y muerte. Yo encantada. Pero, se alargó tanto, que dio lugar a que la chica que me cuida de noche hiciera acto de presencia. Por lo que le pedí a mi querida tía que volviera al día siguiente para poder escuchar el final de la historia. Me dijo que sí.

Hoy, a la misma hora de ayer, me senté a esperarla, frente a la ventana, con el mismo bordado, todo igual, salvo que no nevaba. No apareció. Quise darle todo tipo de facilidades, abrí la ventana, preparé una mesa para merendar: Torrijas. Ni siquiera salí a dar mi caminata diaria. Pero, no volvió.

Y fue cuando me di cuenta que, la hermana de mi madre, se me había aparecido como si fuera joven y llevaba muerta unos ochenta y siete años. ¡Lástima! No pude reanudar tan interesante conversación.

Y aquí estoy…, sin saber quién fue su asesino.

 

© Marieta Alonso Más

domingo, 3 de mayo de 2026

Amantes de mis cuentos: La ilusión de mi vida

 


 

De niño me enamoré del cine. Y hasta hoy. Soñaba con ser director de películas, que suena bonito, hasta que aprendí otra palabra: cineasta. Eso, eso es lo que quería ser cuando fuera mayor. Me veía como Alfred Hitchcock, dirigiendo, decidiendo, supervisando y a los cincuenta años lo conseguí. No logré su talento, pero sí, lo contundente de su cuerpo, el mentón, la mirada...  Cuando me pongo traje me confunden con él. He visto todas sus películas. No tienen desperdicio. El suspense y el thriller psicológico, me llevan al éxtasis.

También quise ser como Federico Fellini y el cuerpo también me acompañó. Tenía un cierto aire. «La dolce vita» quedó grabada en mí para siempre. Tomé una de sus frases y la repetí a lo largo de mi vida: «Soy un artesano que no tiene nada que decir, pero sabe cómo decirlo.»

Otro de mis héroes fue Steven Spielberg, aunque nunca conseguí parecérmele en el físico. Aún recuerdo los nervios al ver «Tiburón», la llantina con «E.T., el extraterrestre» cuando dijo: «mi casa», y las aventuras que corrí con todas las pelis de «Indiana Jones».

Nunca visité un estudio, pero si quieren que les hable del mundo del celuloide me puedo remontar hasta el cine mudo. Jamás fui cineasta ni guionista y mucho menos productor. A lo más alto que llegué fue a acomodador del cine de mi pueblo.

Creo que nadie ha sido tan feliz como yo viendo una película.

 

© Marieta Alonso Más

domingo, 26 de abril de 2026

Amantes de mis cuentos: La familia que me inspira

 



La prima Cecilia era muy especial. Organizaba los cumpleaños de toda la chiquillería de la familia y del barrio. 

Hacía con sus manos piñatas, nunca repetía modelo, que eran las delicias de todos. La mía, aquel año, era de Spiderman, mi héroe.

Repleta de chuches, sí, pero también de sorpresas: canicas, silbatos, lápices de colores, monedas de un centavo y de cinco. Y cuando yo saltaba gritando que tenía mucho dinero con cinco monedas de un centavo, me hacía ver que mi hermana con una sola de cinco tenía la misma cantidad que yo. Eso me costaba creerlo. En mi mano había más monedas.  

La prima Cecilia tenía los ojos tan grandes, que despedían una luz azulada como la de los cocuyos, como las luciérnagas, y cuando se lo decía me explicaba que no me confundiera que estos bichos no estaban emparentados, que no eran familia. Y yo que sí, y ella que no.

Siempre sabía lo que yo estaba pensando y me contestaba sin que hubiera hecho la pregunta. Con mucho misterio declaraba que ella era una bruja buena o mala según la ocasión, una lechuza, una arpía, un basilisco… Pero, yo dándole un beso, la llamada mi hada madrina.

 

© Marieta Alonso Más

domingo, 12 de abril de 2026

Amantes de mis cuentos: Desafortunado aniversario

 




Ayer, el tío Joaquín y la tía Cecilia cumplieron sesenta años de casados, sus bodas de diamante. Como era martes dejaron la celebración para el domingo y ella pudo asistir a su cita con el dentista.

Por lo visto se le estaba desgastando la dentadura, chirriaba los dientes de noche, apretaba la mandíbula y el dentista le recomendó una férula dental. Tuvo la suerte que en la consulta tenía una que le iba al pelo, perdón a la boca y a un precio muy asequible. El único problema era el color rojo cereza madura. Las transparentes costaban mucho más, sí, y total ella solo la tenía que utilizar en la noche. Tan acomodaticia como siempre, la tía Cecilia, aceptó.

Cenaron, vieron un rato la televisión, y llegó la hora de irse a dormir. Esa noche, la luna llena incidía en el espejo del dormitorio mostrando luces y sombras. La tía Cecilia, como siempre, se lavó los dientes, se embadurnó de cremas, se colocó los bigudíes, estrenó el nuevo artefacto bucal, comprobó que luces, puertas y ventanas estaban como debían estar y se acostó. El tío Joaquín, se acurrucó a su lado y le dijo algo al oído, ella se dio la vuelta riendo.

¡Ayyyyyy! 


El grito del marido se oyó a dos kilómetros de distancia. Fue lo último que dijo e hizo el pobre hombre que nunca había estado enfermo.

 

© Marieta Alonso Más