domingo, 16 de febrero de 2020

Nuevo Akelarre Literario nº 53: Carnavales




En carnaval parece que todo es posible. El disfraz nos lleva a poder adquirir otras personalidades y tener una cierta impunidad en nuestros actos. La máscara nos protege y esta libertad es la que lleva a imaginar a nuestras cuentistas situaciones que rompen la rutina.

Es una celebración pagana que tiene lugar inmediatamente antes de la cuaresma cristiana. Su origen está en las fiestas paganas romanas como las Saturnales, las Lupercales y las que se hacían en honor al dios del vino Baco. Según algunos historiadores su origen se remonta a Sumeria y al Antiguo Egipto hace más de cinco mil años. Su característica común es que se considera un periodo de permisividad y cierto descontrol.
Pinchad debajo y disfrutad de nuestros cuentos:

domingo, 9 de febrero de 2020

Amantes de mis cuentos: El viaje de Lu Mei


Un 6 de abril, miércoles, vinieron mis papás a China. A buscarme. A un lugar muy cerca de Nanchang, que es la capital de la provincia de Jiangxi.
Cuando llegaron al hotel, subieron a la habitación, tiraron las maletas al suelo, para salir andando a paso rápido, tomar el ascensor y llegar corriendo a una sala de reuniones, donde yo les esperaba.
Una señora china me tenía sobre sus piernas. Yo había nacido en domingo, un veintitrés de mayo de dos mil diez. Mi mamá me tomó en brazos y mi papá nos abrazó a las dos y me dieron muchos, muchos besos. Un señor chino, que no sé cómo se llama, nos hizo una foto a los tres. Mi mamá dice que podría ser el director del Orfanato.
Mis papás se reían y lloraban, no sé por qué, dicen que era de alegría, porque me anduvieron buscando por toda China desde muchos años antes de que yo naciera. Subimos a la habitación del hotel y como estaba muy acalorada, tanto, tanto que parecía que tenía fiebre, mi mamá me quitó toda la ropa que llevaba y me dejó en pijamita. Se me quitó el calor.
Al poco rato tuvimos que bajar de nuevo a la sala de reuniones a firmar todos los papeles oficiales que estaban en inglés y chino, no pude ayudarles porque con diez meses, aún no sé leer ni escribir. Por fin terminamos con todos los trámites, así les llamaron. Nos subimos a dormir y pasé mi primera noche con mis papás.  
Al día siguiente me tomaron en brazos, me volvieron a dar muchos besos, me vistieron y nos fuimos al Registro, allí nos hicieron una foto de los tres para el libro de familia chino. Veinte papás españoles tenían en brazos a sus hijitas chinas, a la espera de que les llamaran de uno en uno. Nos atendían tres funcionarios y unos hombres armados, vigilándonos. Mi escolta no dejaba de mirarme y le saqué la lengua.
Después de toda la mañana entre esperas, cuartillas y fotos, nos fuimos al notario. Más papeles. Ya nos dejaron en paz y nos fuimos de compras: un carrito azul de ositos, una funda para el agua, biberones, leche china, leche española, arroz. A mis papás se les da muy bien la intendencia.
Durante ocho días las autoridades nos dieron libertad para hacer turismo entre Nanchang y las montañas de Lu Shan, donde nació la revolución china, eso dijo la guía turística, pero mi papá que es el más listo del mundo, ya nos lo había contado. El Parque Nacional de Lu Shan está declarado Patrimonio de la Humanidad, eso dijo mi mamá. Allí vimos un lago, y un jardín botánico y un templo taoísta ‒el del ermitaño‒, había monos en el camino, y un jardín del paraíso perfumado.

Al día siguiente comimos en el Palacio del río de Lu Shan. En China a este monte se le conoce como la tierra de las letras, el monte de los poemas. Recorrí estos parajes yendo en la mochila de mi papá y su corazón sonaba así: tac tac tac, cuando me adormecía. Comimos en un rascacielos. Después compramos unos dados chinos. Por fin nos dieron los papeles para que fuésemos nada menos que a Shangai y nos despedimos de Nanchang.
Shangai es la ciudad más poblada de China, allí llegamos el 14 de abril, no la conocía, pero todos los chinos sabemos que su nombre significa «en el mar» por estar en el delta del río Yangtsé, y sé que su importancia comenzó durante la dinastía Han. Cuando aprenda a hablar les diré a mis papás que yo formo parte de la etnia Han, de la dinastía no. ¡Pobre linaje! No tuvo la suerte de que yo formara parte de él.
En esta grandiosa ciudad nos encontramos con un amigo de mis papás, que estaba de trabajo aquí y fue el primer amigo en conocerme, nos trajo tetinas de España. Visitamos una tienda llamada GAP para comprarme ropa, mi papá que todo lo mira se asombró que la etiqueta dijera «Hecha en Turquía» estando en China. En un restaurante nos ofrecieron peces, ranas, tortugas, pájaros, parece que a mis papás no les gustó el menú.
Para poner a prueba el cariño que me tienen el primer día que los conocí no probé alimento y cuando se les ocurrió darme el primer baño, lloré mucho. Al segundo día tampoco tomé el biberón. Al tercer día seguí sin comer y eso que me daban leche, galletas y potitos chinos. Al cuarto día me apiadé de ellos y tomé un culín de leche. Logré desesperarles y comenzaron a anotar lo que comía cada día. Ese día hice mi primera caquita estando en la montaña. Mis papás dijeron que parecía plastilina verde y se taparon la nariz. Aplaudieron de alegría la primera vez que tomé 390cc de leche fría china, que fue en la décima jornada. Al día siguiente 750cc, les dejé anonadados y al otro fueron 560cc con algo de cereales y mi mamá comentó: «Ya estamos en el buen camino». Pero fue a partir de nuestra llegada a Shanghai cuando fui comiendo cada vez mejor. Ellos no saben que yo les estaba castigando por no haberme venido a buscar antes.
Todas las noches hablamos por skype con mis abuelitos, mis titos y mi hermanito que unas veces habla y otras no. Creo que está algo enfadado. ¡Cómo no pudo venir a buscarme!
En Shanghai tuvimos que ir al Consulado español, eso fue el día 15 de abril. Me dormí en el pecho de mi padre, mi cuna mochila, me gusta mucho este colchón, y al estar dormida no me enteré de lo que hicieron. Me desperté cuando estábamos visitando el templo del Buda de Jade, me volví a dormir y abrí los ojos en una fábrica de perlas. Cuando me volví a despertar estábamos en una galería comercial y compramos para mi hermanito un tiranosaurio rex y un triceratops.
Al día siguiente fuimos a ver el malecón y subimos a la torre Yimau, hasta la planta 88, espero que mis papas supieran dónde se metían, pues estábamos a cuatrocientos veinte metros de altura, nunca había estado tan alto. Vimos unas botellas pintadas por dentro y mi mamá se compró una funda para el portátil y mi papá unas zapatillas de verano.
El 17 de abril tocó ir de excursión a una fábrica de gusanos de seda y a ver los pandas del zoo de Shanghai, pero me puse malita, mi mamá solo sabía tocarme la frente y apretarme contra ella y a las 15:50 hora de Shanghai, tomé por vez primera apiretal, la saboreé y es que para ese día ya tomaba 520cc de leche con 24 cucharadas de leche en polvo y una de cereales, una galleta y 40cc de zumo de pera. Me quedé con mi mamá durmiendo en el hotel, sudando la fiebre oí decir a alguien, y mi papá se fue a navegar por la bahía de Shanghai.
Milagro de la medicina. Me puse bien enseguida y a la mañana siguiente nos pudimos ir los tres al barrio antiguo, a la Ciudad Vieja de Shanghai. En sus callejuelas se puede ver cómo vivían hace cien años. Es como si el caos, la historia, la decadencia, la pintoresca miseria y la pesadilla se unieron en unas cuantas calles, creo que eso lo dijo, nuestra guía, que ha estado todo el tiempo con nosotros.
Mis papás están obsesionados con la comida apuntan todo lo que como, que si un potito de pollo y verdura, medio bote de zumo de mandarina y 780cc de leche con cereales, no sé por qué se preocupan, si nunca he comido tanto como ahora.
El 19 de abril nos llevaron a un pueblo turístico donde había mucha agua, vivían en medio del río y por la noche estuvimos en un espectáculo de acrobacias. Me porté muy bien.
El día veinte tocó ir al Museo de Shangai, mi papá es un forofo de estos lugares, se detiene y mira todo con gran atención. Yo cuando sea mayor voy a hacer lo mismo. Luego paseamos y de paso buscamos unas botellitas decoradas de cristal. Estoy muy atenta a todo lo que sucede a mi alrededor. Esa noche mis papás estuvieron muy atareados haciendo maletas.
Nos despedimos de Shanghai el 21 de abril, tomamos un avión via Amsterdam y llegamos a Madrid. Durante el trayecto me tomé dos biberones.  Tantas horas de vuelo es cansadísimo, por eso dormía a ratos para no estar aburrida. En el aeropuerto nos estaban esperando toda la familia, salvo una de mis abuelas que se quedó con mi hermanito en casa. Pasé de brazo en brazo mirándolos fijamente. Era la primera vez que los veía.
Llegamos por fin a nuestra casa de Madrid. Era la una de la madrugada, seguro que mis papás no se dieron cuenta de que esas no son horas para que una niña ande por las calles. Al entrar abrí un ojo, luego el otro, y cerré los dos. Era hora de dormir. A la mañana siguiente, nada más levantarse, mi hermanito vino corriendo a conocerme, nos miramos, le gusté, y me quiso dar un beso y un abrazo, pero nada más acercarse, yo en reciprocidad le mordí la mejilla. ¡Pobre hermanito mío! No quiso el cielo que naciera en China, pero a él no le importa porque los papás le trajeron de regalo dos dinosaurios que enseguida supo cómo se llamaban. 
En Shanghai mis papás me inscribieron con el nombre de Lu Mei, que no sé qué significa. Soy una niña muy seria y tranquila, y cuando aprendí a sonreír, me gustó mucho, y desde entonces no paro de reír.  
No todo el mundo sabe que en China nos deseamos unos a otros, cinco felicidades:
«Poder, Longevidad, Salud, Virtud y una Muerte dulce».
Hay otra, pero esa, la sexta felicidad, tiene que encontrarla uno mismo. Cada persona la escoge en su corazón, recordando siempre que los sueños jamás deben abandonarse, que son un gran estímulo, que aportan un mayor significado a nuestra vida, que ayudan a esforzarnos y a dar los pasos adecuados en la búsqueda de nuestras aspiraciones. Mis papás no lo saben, pero yo intentaré tener a mano la sexta felicidad, para que la armonía del Universo siempre me acompañe.
Aún no le he dicho a mi hermanito que en China hay cinco elementos muy importantes:
El fuego, que nos da luz y calor, simboliza el verano, las formas triangulares, el sur, y se representa con un Cuervo Rojo.
El agua, que es lo oscuro, lo frío, representa el invierno, las formas ondulantes, el movimiento descendente, el norte. Su imagen es una Tortuga Negra.
El metal, es el otoño, la forma circular, el movimiento hacia el interior, el oeste. Su figura es un Tigre Blanco.
La madera, es la primavera, la forma alargada, el movimiento hacia el exterior, el este. Se ilustra como un Dragón Verde.
La tierra, es la forma cuadrada, el movimiento giratorio, el centro. Su símbolo es una Serpiente Amarilla.
Del Yin, del Yang y del Tao, le hablaré cuando sea mayor. No creo que mis papás, ni mi hermanito, se hayan percatado de que provengo de una cultura milenaria, con una gran capacidad de invención. Ya les explicaré el invento del papel, el de la brújula magnética y de tantos otros que han supuesto cambios grandes e importantes para este mundo en que he nacido.  
Oyéndoles hablar me enteré que a toda mi familia, les encanta el cine. No hay película que no hayan visto. Una de ellas: «El albergue de la sexta felicidad» mi madre la vio hace muchos, muchos años y hasta cree que leyó el libro. Trata de China.
Me quedé un rato pensando, pensando, y al igual que Ingrid Bergman, la protagonista de esa película, decido hacer esta declaración de amor:

Yo, Lu Mei, madrileña de ojos rasgados, comunico a toda mi familia que...

«Mientras tenga vida, os querré siempre».


© Marieta Alonso Más



domingo, 2 de febrero de 2020

Amantes de mis cuentos: Una noche en el teatro



Creo que estoy muerta. Lo último que recuerdo es el chisporroteo de las llamas, cortinas convertidas en ceniza, lámparas que caen al suelo estrepitosamente, esqueletos de butacas, gritos, gritos, y gritos.

Hasta hace unos instantes yo era joven, guapa, con una maravillosa voz de soprano, y sentía que la última nota se había ahogado en mi garganta, mientras en el piano continuaba sonando un do sostenido, hasta que, de pronto, cesó la música.

Ahora estoy tiznada y recelosa haciendo una fila frente a una mesa con un gran cartel en el que está escrito: «Reencarnaciones» en letra gótica y de color malva, mi color preferido. Veo salir a seis cucarachas. Pregunto a los de mi alrededor. No saben. No contestan.

Un grupo de pulgas aparecen por la puerta. Una docena de cigarras esperan la orden de salida. Me preocupa que Kafka esté al frente de este departamento. Me preocupa que me conviertan en una hormiga. Y no es que no me gusten, las tengo en gran estima por lo bien que programan su trabajo, por cómo se comunican entre ellas y por la gran capacidad de resolver problemas complejos, pero no… Me preocupa porque ser una hormiga conlleva grandes peligros, puedo quedar aplastada por el zapato de un desaprensivo, caer en la boca de un snob en un restaurante de lujo o ahogarme en una inundación.
No me seduce la idea de volver a morir tan pronto, quiero llegar a vieja, a estar rodeada de nietos. Ruego en voz alta: ¡Dadme el placer de una larga vida! ¡No es mucho pedir!, exclamo sin ninguna convicción de ser escuchada.  

Al que estaba delante de mí le han convertido en una avispa con un formidable aguijón venenoso. Está feliz, cree que le ayudará a sobrevivir. No tengo tiempo de hablar con él. Me llaman, me toca el turno.

Sobre la mesa colocados de mayor a menor hay un escarabajo, una mariposa, una mosca, un mosquito, una chinche. Y lo único que se me ocurrió decirle con voz entrecortada, emoción contenida, y ojos llorosos a aquel ser lleno de bondad que me miraba complaciente, desde su asiento, era que me devolviese a la tierra tal como había sido: una mujer.

‒¿Por qué, hija mía?

‒Pues, mire usted, siempre he anhelado ser una empollona, una erudita, una especialista de… los insectos.  




© Marieta Alonso Más

domingo, 26 de enero de 2020

Amantes de mis cuentos: Una bañera









Hace muchos, muchos años, en una alejada aldea vivía un pobre loco. No era hablador. Todo lo contrario. Y por absurdo que pareciera se le veía dolorosamente feliz.

Cuando murieron sus padres vendió la pequeña casa de adobe y compró un terreno poblado de árboles. Dialogaba con ellos como si intentara que aprendieran a caminar y formaran una cerca marcando la linde de su parcela. No consiguió convencerles, por lo que fue pidiendo permiso uno a uno para que se dejaran talar y el viento trajo la autorización.

Marcó con su inicial una serie de ellos que comenzó a cortar a unas pulgadas de la base. Otro del poblado, que también tenía fama de faltarle un hervor, se acercó y sin decir palabra se puso a ayudarle, talando a ras de tierra a los que tenían una gruesa raya en rojo. Luego, entre los dos partieron los troncos, todos del mismo tamaño, y comenzaron a apilarlos a pocos pasos de los tocones que formaban un rectángulo.

Unos troncos se convirtieron en una espaciosa choza, con el tejado a dos aguas y muchos vanos para que entrara la luz y el aire, mas no la lluvia que para eso pusieron unas hojas abatibles que se abrían hacia el exterior. Otros se fueron transformando en una mesa alargada, en seis taburetes, tres bancos alrededor de las paredes, dos camas… Todo tallado con esmero y de gran belleza.
  
Cavaron un profundo hoyo en el patio algo alejado de la casa, que milagrosamente se convirtió en un pozo. Se rascaron la cabeza sin dejar de contemplar el borboteo del agua, y sin decir palabra se marcharon rumbo a la capital. Regresaron a la semana con una tina enorme y espectacular que, en vez de colocarla dentro de la casa, la pusieron al lado del pozo. Todo un día y toda una noche estuvieron sentados dentro del desmesurado recipiente pensando, pensando… Y al día siguiente se fueron a ver al herrero, que escuchó con atención lo que le pedían.

A la semana, aquel que tenía por oficio trabajar el hierro, seguido por los hombres del pueblo, colocó un artilugio que iba del pozo a la bañera y echaba agua al subir y bajar una palanca. Con agua cristalina la llenaron. Y sin percatarse de la multitud, los dos orates, uno primero y otro después se desnudaron y por turnos se dieron su primer baño. Al ver aquello los demás pensaron que estaban embriagados de alcohol, pero no. Era puro placer.

Con el calor del sol y tanta agua derramada por el desagüe comenzó a brotar la fina hierba. Se volvieron a rascar la cabeza y fueron sembrando a una distancia prudencial alrededor del baño, un haya para consagrarla a Júpiter, un ciprés para Cibeles, un laurel para Apolo, y una palmera para las Musas…

La muchedumbre venía cada día a ver el espectáculo del baño, pobres lunáticos pensaban al principio, hasta que pidieron hacer lo mismo que ellos, pero no se lo permitieron, salvo previo pago de una tarifa.

Y el negocio prosperó.   


© Marieta Alonso Más

miércoles, 15 de enero de 2020

Nuevo Akelarre Literario nº 52: Cartas



Un paquete de cartas antiguas, atadas con un cordel, es la inspiración para los cuatro cuentos que traemos este mes. 

Misivas que dan origen a historias que nos llegan de un pasado a veces alegre, otras circunspecto y en ocasiones hasta mágico, que desvelan secretos que solo pudieron guardarse en el papel escrito, en el fondo de un cajón, olvidado en una estafeta de correos o en cualquier escondrijo en que lo dejaron sus autores. 




Pinchad en el link, leed y disfrutad.


domingo, 12 de enero de 2020

Amantes de mis cuentos: Berto en La Habana




No perdió tiempo. Unos instantes antes de expirar siguió las instrucciones que le había dado su madrina y sintió una levedad a la que tenía que acostumbrarse. Se vio acostado, pálido, en aquel ataúd, rodeado de familiares y amigos, se acercó a su madre y le dio un beso, ella dio un respingo sin saber lo que había pasado. Abrazó a su madrina, que cerró los ojos e hizo un gesto como si abarcara algo o a alguien. Sonrió.

Primero conocería La Habana, capital de su isla, la más grande de las Antillas, la de la azúcar de caña. De niño pensaba que las palmeras reales con lo bonitas que eran, serían tan dulces como el tocinillo del cielo que preparaba su madre, que los palacios coloniales estaban hechos a base de cascos de guayaba con queso crema, que a las mujeres había que probarlas, su padre se lo dijo un día, y su madre sabía a arroz con leche, su madrina a dulce de leche cortada, su tía a majarete y ¿las demás? Pues a natilla, a bocado de la reina, a buñuelos de yuca, a coquito prieto, a boniatillo, a flan de calabaza… Una tarde estando en la calle su madre le regañó, y le prohibió pasar la lengua por el brazo de nadie.

Nada más pensar en la Villa de San Cristóbal de La Habana, así la llamó Diego Velázquez de Cuéllar cuando la fundó en 1514, se vio ante la puerta de la catedral, una de las más antiguas de América, esa que describió Alejo Carpentier como «música convertida en piedra».  Entre la catedral y la plaza se estuvo toda la mañana, hasta que se dio cuenta que no se había presentado en la sede de la Asociación de fantasmas habaneros para darse a conocer.

Los veinte fantasmas que estaban echando una partida de dominó le recibieron con una sonrisa del tamaño del plátano macho, ¡ay, los tostones, los plátanos maduros fritos! Era lo que más le gustaba estando vivo, aparte de los dulces, del arroz congrí, de la langosta enchilada, de la ropa vieja, el lechón asado, el ajiaco, el tasajo...

Se ofrecieron a servirle de guías turísticos y sin esperar a que dijera sí le llevaron a «El Morro», con el puerto a sus pies, recorrieron las calles animadas de la Habana vieja, que no supo si recrearse en los palacetes o en el andar cadencioso de sus mujeres, en la plaza de Armas se quedó quieto ante Carlos Manuel de Céspedes con ánimo de conversar un rato, admiró el palacio de los Capitanes Generales, se sentó en la plaza Vieja, fue al Centro Gallego, bebió cerveza Hatuey, y después de visitar un ritual de santería se dejó llevar por la sensualidad de la rumba.

Olía a asfalto, a sudor, por el ritmo trepidante de la música, no tenía constancia de las horas, de los días que llevaba de un lado para otro, se sentía como nunca se había sentido, feliz. Pidió un guarapo y casi se traga una mosca. Sus nuevos amigos le aconsejaron paciencia, tenía una eternidad para ver todo lo que quisiera.


Gracias, Luna, nunca imaginé que el viajar brindara tantas satisfacciones y conocimientos. Seré un fantasma tan alegre, tolerante y bonachón, como cuando de niño te decía al oído que eras a quien más quería, pero que no lo supiera mamá. 



© Marieta Alonso Más   

lunes, 6 de enero de 2020

Feliz Día de Reyes




La estrella de Belén les guió hacia un pesebre donde estaba el niño Dios y ellos fueron con regalos a su encuentro. 

Feliz noche y día de reyes para ti y para toda tu familia.