domingo, 11 de octubre de 2026

Amantes de mis cuentos: Técnicas para enamorar

 





Aquel verano de mis dieciséis años tomé la decisión de enamorarme. Todos mis amigos tenían novia y yo estaba más solo que la una. Mi afición era leer, leer y leer.


Me gustaba la poesía, las novelas, los comics, los periódicos, los anuncios... Debía encontrar a la chica de mis sueños para no llegar a ser un solterón empedernido, como diría la abuela.


Hice un repaso de las chicas que conocía. Y me desanimé. Todas ellas estaban rodeadas de moscones, salvo una que me dije: Esa es tan rara como yo. Siempre está sola.


Un día la vi paseando por el camino que lleva al Castillo y como alguien caído del cielo me acerqué. Ni cuenta se dio. Tuve la intención de decirle muchas cosas, pero me había vuelto mudo. No arrancaba a hablar. Se me olvidaron las palabras.


Menos mal que me acordé de Benedetti y tomé carrerilla. Como si no existiera pasé por su lado como un loco trovador, repitiendo más o menos:


Mi táctica es mirarte

aprender como eres,

quererte como eres


Para mi asombro escuché una voz melodiosa:


Mi táctica es hablarte

y escucharte,

construir con palabras un puente.



Me paré en seco. Tartamudeando continué:


Mi táctica es quedarme en tu recuerdo.

No sé cómo ni sé con qué pretexto,

pero quedarme contigo.



Y, anda que no me quedé. Llevo con ella más de sesenta años.

Cuando discutimos por nimiedades, ella recita al uruguayo y se acaba el problema. Gracias a ese hombre que nunca tuvimos el placer de conocer, encontramos la solución perfecta para nuestras desavenencias. Es como si fuera de la familia, porque recitándolo tuvimos doce hijos. Al primero lo bautizamos con su nombre.


© Marieta Alonso Más


domingo, 4 de octubre de 2026

Amantes de mis cuentos: Malandra por obligación

 




La tía Julia, que no tenía responsabilidad con nadie y nadie la tenía con ella, se vio de repente ante la tesitura de dar de comer, vestir y atender a siete sobrinos entre dos y ocho años. A su hermana y cuñado les había dado la ventolera de coger rumbo hacia la Eternidad sin comentárselo siquiera.

Ella, que tanta fama tenía de trabajadora y honrada, cualidades que le permitieron colocarse de cocinera en el palacio de los condes de su pueblo, se vio abocada a agilizar la mente, por los acuciantes intereses familiares y las bocas abiertas de aquellos rapaces. Salir bien parada de tristes andanzas y utilizar las manos para hurtar con astucia, fue algo realmente imprescindible.

Tanta picardía y maña se dio que para todos siguió siendo la persona más honrada de su pueblo. Y eso que trapicheaba con las sobras, ya fueran alimentos de la despensa, ropa de los armarios, jabón de olor, agua de colonia... Todo lo afanaba para que sus niños no pasaran hambre y estuvieran como una patena de la cabeza a los pies.

 

 

© Marieta Alonso Más

domingo, 27 de septiembre de 2026

Amantes de mis cuentos: Peticiones

 



Nona tras la epidemia de 1918 en que perdió a sus tres hijas, tuvo que cuidar a cinco nietos pequeños, entre seis meses y cuatro años; un marido siempre enfermo, era alérgico al trabajo; tres yernos que los viernes se gastaban en el bar lo que habían cobrado en la semana y, desesperada se iba a la iglesia.

Ante la imagen del Cristo de la Buena Muerte, resguardada en un rincón, pedía casi a gritos, como si amonestara al Señor, que la sacara de la tierra, que ella estaba muy vieja para tanto quehacer; que los nietos crecieran rápido, se hicieran hombres y mujeres de bien; que los yernos se casaran con cualquiera de las pelanduscas que merodeaba en el bar y se los llevaran bien lejos, que nunca volvieran; y si tanto se empeñaba en no llevarla junto a Él..., al menos ¡Jesús mío, déjame viuda!



© Marieta Alonso Más

domingo, 20 de septiembre de 2026

Nuevo Akelarre Literario nº 132: Perfumes

 

Nuevo Akelarre Literario nº 132: Perfumes

 


Disfrutad de nuestros cuentos

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domingo, 13 de septiembre de 2026

Amantes de mis cuentos: El trabajo no era bueno para mi salud hasta que...

 



Mi padre me puso a trabajar en la oficina de un amigo, ya estaba bien de hacer el vago, dijo cabreado. Que mi cabeza no regía del todo bien era verdad, pero si sabía ir detrás de las chicas y comer con pasión, glotonería mejor dicho, también podía poner el mismo empeño en currar. Mi madre me hizo señas de que no le llevara la contraria. Mi progenitor es muy bueno, pero tiene un genio diabólico.

Y aquí estoy. En un sótano lleno de archivadores, estanterías, con una trituradora rompiendo papeles de hace un siglo. Siento que hay algo raro en el ambiente, los fantasmas parecen más una certeza que una suposición.

Hay una taladradora con vida propia, recojo los redondeles que caen por el suelo como si fueran copos de nieve, se reproducen sin que nadie ponga de su parte. Esto no me gusta nada. Así que decido sentarme a conversar con los espíritus. Han resultado ser amigables y les encanta trabajar.

Buena señal, así que he estado sentado en una sillón de ejecutivo dando órdenes, que se llevan a cabo en un momento. Y en menos de lo que canta un gallo hemos terminado de romper papeles.

Todo está limpio, recogido y lo único que he hecho ha sido llevar unos sacos enormes, negros, llenos de papeles a los contenedores. Menudo trabajo, no crean. Seis viajes. Los compañeros cuando me vieron cargando hasta con diez sacos a la vez no se lo podían creer y se miraban unos a otros. Tengo mucha fuerza. Lo hice porque los espectros me explicaron que ellos no podían salir de aquella habitación y por unos amigos se hace lo que haga falta.

Hasta el jefe salió, el amigo de mi padre, no se podía creer mi hazaña y el muy egoísta me dijo que al día siguiente haría lo mismo en un despacho con papeles de alto secreto.

Se me heló la sangre y me fui hablar con mis amigos, a contarles el problema. Nos sentamos, ellos en el suelo y yo en el cómodo sillón. A uno de ellos se le ocurrió que si los metía a todos en un saco y los llevaba a la espalda, a lo mejor, podrían pasar de un lugar a otro, sin problemas. Así lo hicimos. Y desde entonces soy el gran jefe del grupo de las ánimas, más feliz de este mundo. Ellos son mis amigos de verdad y mi padre, desde entonces, no logra cerrar la boca de la impresión.



© Marieta Alonso

domingo, 6 de septiembre de 2026

Amantes de mis cuentos: La vida es cuento

 




De niña me encantaban las carrozas, mi abuela las llamaba berlinas. Desde que mi madre, sentada en mi cama, me leyó, por primera vez, el cuento de Cenicienta no tuve otro objetivo en la vida: Cada calabaza que encontraba era un carruaje, cada ratón un caballo y mi perro Pluto dejó de ser un canino para convertirse en un cochero con lujosa librea.

Mi hada madrina fue el vecino de casa, quien, un día, con una varita mágica, sacó del pajar un carro lleno de excrementos, pero cuando las mujeres de mi familia lo limpiaron, pintaron y adornaron, fue lo más bonito que he visto en mi vida.

No tengo hermanos. Lo que tengo son cuatro tías, una madre y una abuela. En mi casa lo femenino está en alza. Las cinco hijas de mi abuela salieron muy diferentes, lo que sí tenían en común era un gran amor entre ellas. Lo demostraban discutiendo a todas horas.

La que mangoneaba, la sabidilla, era mi madre, la pequeña. Pero, lo que es la vida: las cuatro mayores, siendo guapas, simpáticas y trabajadoras, se quedaron para vestir santos. Por el contrario, mi madre, que de esas tres virtudes andaba bastante escasa, se casó cinco veces. Pienso que se enamoraban de ella por ese olor a melocotón en almíbar que destilaba.

Gracias a Dios enviudó de todos ellos sin tener hijos. Y una tarde lluviosa decidió que no podía esperar, que el arroz se le pasaba y salió a la calle en busca de un príncipe. No olvidó llevar sus zapatos de cristal. A los nueve meses nacía yo, su única hija. El heredero al reino no volvió a aparecer.

Crecí y con los años aquellas fantasías desmedidas fueron perdiendo importancia, hasta que las dejé de percibir. Fue gracias a mi abuela que no paraba de aconsejarme:

—Haz el favor, no imites a tu madre. ¡Abre los ojos! ¡Y déjate de cuentos!

 

© Marieta Alonso Más