domingo, 5 de abril de 2026

Amantes de mis cuentos: Pasión por los cometas

 




Me encantan. Cierro los ojos y los imagino como un símbolo de libertad. Los científicos, tan sosos, nos dicen que son cuerpos celestes formados por polvo, rocas y partículas de hielo que orbitan alrededor del Sol.

Y yo me pregunto, si por un casual, los cometas fueran cientos de guerreros uniformados con espadas al viento, con esa luz blanca que es capaz de cegar y que con su sola presencia defendieran al Sol de intrusos no deseados; esos que saben que la raza humana no podría sobrevivir sin el calor de sus rayos. Nunca se sabe dónde puede estar el peligro. Además, necesito ese color dorado tan bonito del verano. Mi piel es tan blanca que mi abuela dice que soy la representante de la leche en la Tierra.

Hay dos cometas que me vuelven loca de amor. El Halley, ése que orbita cada 76 años y que se llama así en honor a quien calculó su órbita en 1705, Edmund Halley. Mi padre vio a ese famoso y estudiado cometa, dos veces: en 1910 y 1986. Yo solo he podido disfrutar de él en el 86. Al otro, que se verá en 2061 no llegaré con vida, pero quizás desde esa otra dimensión a la que iremos todos, pueda verlo hasta más cerca y tal vez, salude al astrónomo inglés y con su ayuda convertirme en un cometa que viaje cada año haciendo «eses» para deleite de los niños. Todo es posible. ¿No creen?

El segundo cometa de mis amores es el de Navidad. La estrella de Belén que guio a los Reyes Magos hasta el Niño Jesús y que simboliza esperanza, guía y eternidad.

Mi madre era una gran repostera y sus hijas le salieron golosas. Nos hacía Flan de leche condensada, Pudin de pan con almendras y pasas, Bocado de la Reina, Brazo gitano, Cometas de Navidad con chocolate negro y estrella incluida. Hay cosas que son imposibles de olvidar. Se te hace la boca agua solo con pensar en ellas.

Ya sé, ya sé, que la Navidad no solo es el tiempo comprendido entre Nochebuena y Reyes Magos, que no está en los regalos, ni en los postres, ni en las vacaciones… Pero, hay que ver lo que ayudan para sentir a Dios y poner en alza el amor y la paz.

© Marieta Alonso Más

domingo, 22 de marzo de 2026

Amantes de mis cuentos: Historias de la niñez. Don Eutiquio

 




 

El sacerdote de mi pueblo solía decirnos en la catequesis que el día que a Dios se le ocurriera bajar a darnos un buen repaso, no nos preguntaría si hemos ido a misa, no, no; mirándonos a la cara nos interrogaría sobre si hemos amado al prójimo como a nosotros mismos. Y lo decía con su sempiterna sonrisa socarrona, que dejaba en el aire la duda de si hablaba en broma o en serio.

Yo, a mis siete años, por si las moscas, lo creía a pies juntillas. Y desde entonces, cada vez que se me ocurría utilizar mi tirachinas para lanzarle un pedrusco a la cresta del gallo, me preguntaba si aquél también sería mi prójimo, porque no sabía cómo explicarle a esa ave galliforme que no debía despertarme tan temprano con su estridente quiquiriquí. 

Primero, durante mi vida estudiantil y luego en la laboral tuve que hacer verdaderos esfuerzos para no ponerle la zancadilla a quienes me empujaban, en aquel quítate tú para ponerme yo. La de veces que me birlaron la novia delante de mis narices, hasta que encontré esa maravillosa mujer, futura madre de mis hijos, que los espantó a todos, eligiéndome a mí; o cuando le dieron al hijo del alcalde, que solo destacaba en deporte, matrícula de honor, y yo quedé en un honroso segundo lugar, con el expediente repleto de dieces, o la vez que le dieron al sobrino del empresario, el puesto de Gerente, cuando yo me lo había ganado con creces. Menos mal que a los seis meses le dio un patatús y ocupé el puesto.

Ahora, con los años, llegado a la vejez, he empezado a pensar que aquel cura, llevaba razón. A trompicones llegué donde me propuse llegar sin tener que pisar a nadie.  Y, miren por donde..., hoy, me alegro.

Apoyado en mi bastón, en el banco de un parque, imitando aquella pícara sonrisa suya, me pregunto si don Eutiquio aprobó su examen cuando se presentó ante el Señor.

 

© Marieta Alonso Más

domingo, 15 de marzo de 2026

Nuevo Akelarre Literario nº 126: El medallón

 



Medallón bajorrelieve en terracota de Battista Sforza

Esta obra se realizó para conmemorar la muerte, el siete de julio de 1472, de la condesa de Urbino, Battista Sforza. Fue la segunda esposa de Federico de Montefeltro la cual no llegó a alcanzar el título de duquesa ya que él no lo obtuvo hasta 1474. Igual que en el famoso díptico de Piero della Francesca, ella también está de perfil, inspirados ambos en las monedas antiguas.

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Que os gusten nuestros cuentos

https://www.nuevoakelarreliterario.com/el-medallon/

domingo, 8 de marzo de 2026

Amantes de mis cuentos: Éramos pocos y...

 


 

Desde que se ha levantado no ha parado ni un momento. Limpieza general en aquel piso de pequeñas dimensiones, abarrotado con muebles muy modernos, paredes con tonos que contrastan, libros por doquier, una leonera por habitación y dos maletas en la puerta. A todo correr está haciendo la comida para irse a trabajar. El malhumor la inunda. Y, encima, su marido le pidió anoche el divorcio.

—Din … don …

Se abre la puerta quedando una rendija sujeta con una cadena

—¿Quién es?

—Disculpe, ¿podría ayudarme? Busco a un profesor de literatura y no sé en cuál piso vive.

—No conozco a ningún profesor de literatura.

—Es ruso

—Como si fuera chino. Le digo que no le conozco.

—Es alto y delgado.

—Como si fuese enano y gordo. Lo siento. Se me quema el condumio y su búsqueda no es mi problema. Pregunte al conserje.

—¿Dónde vive el conserje?

Se oyó el golpe seco de la puerta al cerrarse y un grito. Cuatro dedos quedaron empotrados.

 

© Marieta Alonso Más

domingo, 1 de marzo de 2026

Amantes de mis cuentos: Pionero

 




 

El 12 de abril de 1961 fue importante para mí, también para Yuri Gagarin al convertirse en el primer hombre en viajar al espacio exterior y completar una órbita de la Tierra.

Lo mío no tuvo la repercusión de aquel, pero fui el niño más feliz de la Creación cuando, por mi quinto cumpleaños, recibí de regalo un velocípedo, ese predecesor de la bicicleta. Tenía tres ruedas. Me pasé todo el día pedaleando hasta que caí por el barranco que da al río. Tuvieron que venir los Servicios de Emergencia a rescatarme. Me escayolaron el brazo y la pierna izquierda.

Un mes de reposo viendo la televisión. Y supe que Gagarin en ruso significa algo así como «pato salvaje», que su primer y único vuelo espacial fue el Vostok 1 y que el vuelo duró 108 minutos.  A Gagarin, las autoridades soviéticas le prohibieron realizar más vuelos espaciales. A mí, la autoridad paterna, materna y la de los yayos me vetaron volver a montarme en un triciclo. Algo tonto, porque el mejor regalo de mi vida se lo había llevado el río y dicen que iría a parar al mar Caribe. A lo mejor un tiburón ahora disfruta de lo que era mío.

Pasaron siete años y el pobre Gagarin tuvo peor suerte que yo. El 27 de marzo de 1968, en un vuelo de entrenamiento, su caza de combate se estrelló y murió. Yo, ese día, al salir del Instituto, saboreé el primer beso de la chica de mis sueños.



© Marieta Alonso Más

 

 

domingo, 22 de febrero de 2026

Amantes de mis cuentos: Historias de la niñez. Recuerdos

 

 

El talabartero de mi pueblo era un hombre alto, delgado, gafas en la punta de la nariz y con un corte de pelo impecable. Usaba mandil. Se llamaba Abelardo y estaba casado con Eneida, la peluquera, que usaba delantal con dos bolsillos repletos de peines, tijeras y propinas. Siempre llevaba el pelo recogido en una cola de caballo. No tenía tiempo ni de teñirse las canas con seis hijos y un millar de clientes, pues no solo atendía a mujeres, también era barbera.

 

El local estaba dividido en dos, a la derecha el taller de Abelardo y a la izquierda la «Hair Salon» como estaba escrito en un cartel

 

Los dos eran muy queridos, a la vez que temidos, todo el que entraba y luego salía por la puerta pasaba por una especie de censura, y para resarcirse de los chismes que allí se contaban, los clientes decían que ese matrimonio iba desnudo por la vida, él trabajaba «encuero», y ella en «pelo». Y una vez, que ella se enfadó cuando los oyó, le hicieron ver que donde las dan, las toman.

 

En la acera había un taburete de madera pegado a la pared y allí se sentaba Segismundo, aquel que nunca estudió música, pero tocaba de maravilla cualquier instrumento.  Hacía ya mucho tiempo que en unas Navidades se hizo una colecta entre todos los comerciantes y le compraron un acordeón.

 

Aquello que veía a diario, yendo hacia la escuela, se convirtió con los años en uno de mis más persistentes recuerdos. La música, el olor a cuero tan penetrante y la trenza que mi madre guardó cuando me cortaron el pelo.

 

¿Qué son los recuerdos? La maestra un día que le pregunté me dijo que era la capacidad de evocar y traer al presente todo aquello que guardamos en el desván de nuestra memoria. Hay que ver los rostros, olores, personas que me vienen a la mente, y abarcándolo todo, el sonido del acordeón que para mí tocaba el bueno de Segismundo, mientras me sonreía con aquellos dientes apiñados, torcidos, desalineados al no tener su mandíbula espacio suficiente.

 

© Marieta Alonso Más