domingo, 7 de junio de 2026

Amantes de mis cuentos: Todo cambia en un segundo

  



Hay a quienes les gusta viajar, otros sienten un afán por ganar dinero que da pavor, y otros, pocos, lo único que saben es trabajar. A mí lo que me apasiona es ir a desfiles de moda, no porque quiera ser modelo, no valgo para ello: soy canija. Lo que me atrae es el glamour, el ambiente, la pasarela, la combinación de creatividad y espectáculo. Nunca me he comprado nada, pero allí estoy.

Aquel día amaneció a cero grados, caía agua nieve. Me coloqué el abrigo de mi madre y cogí el paraguas. Tras el desfile, me quedé curioseando, como siempre.

En mala hora.

Al retirar uno de tantos cortinajes tropecé con un cadáver cosido a puñaladas. El cuerpo de una mujer de ojos grandes y profundos como charcos negros, miraban fijamente, el rostro manoseado por la vejez había dejado un río de sangre.

La pasarela, muda y solitaria, despertó y se oyeron pasos apresurados. No quise mirar quién era, posiblemente el asesino regresaría al lugar del crimen. Si me encontrara, ¡oh, Dios mío!, me hilvanaba. Sería su segunda víctima. Me preparé para morir. Muda de espanto, permanecí a la espera de mi destino. Alguien me tocó en el hombro y de pronto, pensé que debía luchar. Me di la vuelta amenazando con el paraguas.

Era la policía.

Me explicaron que aquella señora, una maquilladora de toda la vida, había sufrido un infarto. La sangre que había visto correr a borbotones solo eran efectos especiales y las puñaladas producto de mi imaginación. 

Lloré por aquella mujer que no conocí en vida. Y al día siguiente, me presenté en el cementerio y recordé lo que mi madre, mujer inteligente, decía: Ten un abrigo a mano, que sirva para todo, para ir a la compra, a los desfiles, a los entierros. 

 

© Marieta Alonso Más 

 

domingo, 24 de mayo de 2026

Amantes de mis cuentos: Educación ante todo

 


 

Era un hombre de una sensibilidad rayana en la cursilería, como si fuera de otra época. Cuando hablaba con una mujer se quitaba el sombrero. No se sentaba en el coche sin antes no abrir y cerrar la puerta de la acompañante. Y ayudaba a colocar el cinturón de seguridad.  

Un día se enamoró de una mujer que aparentaba ser de alta cuna, pero en el fondo, si se la lijaba un poco, no mucho, era chabacana, soez, zafia...

No tardó en sacar a flote su verdadera naturaleza y por la bonita boca comenzó a brotar todo el vocabulario del arrabal de donde provenía. Las palabrotas, los insultos, las amenazas no se hicieron esperar.

Aquel infeliz se ponía rojo como la grana hasta que un día, en su desesperación, musitó:

—Te quiero, pero me veo forzado abrir las puertas de mi casa para que te marches.

Ella muy ofendida le gritó tales cosas que los vecinos asomaron la cabeza.

Dos lágrimas manaron de los ojos de aquel caballero y susurrándole rogó:

—Por favor no me fuerces a enviarte allí donde se depositan las heces fecales.

  

© Marieta Alonso Más

domingo, 17 de mayo de 2026

Nuevo Akelarre Literario nº 128: La carroza

 



Las carrozas, entendidas como carruajes lujosos y decorados para el transporte de personas o en desfiles, tienen orígenes que se remontan a la antigüedad, evolucionando desde vehículos funcionales hasta símbolos de estatus social y celebración. Su origen etimológico proviene del italiano carrozza, derivado del latín carruca.

En muchos países europeos se conservan colecciones reales muy importantes.


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https://www.nuevoakelarreliterario.com/la-carroza-real/ 

domingo, 10 de mayo de 2026

Amantes de mis cuentos: A veces, ocurren cosas muy raras

 




Ayer, estuvo nevando toda la tarde y no pude salir a dar los cinco mil pasos que me recomendó el doctor. Por lo que, me puse a bordar a punto de cruz, una taza de café, platillo y cuchara en un paño de cocina, frente a la ventana.

De pronto, llegó la tía Ofelia, que a los veinte años murió en extrañas circunstancias y se sentó a mi lado. Por aquel entonces yo tenía doce, ahora voy camino de los cien.

Venía dispuesta a merendar y a contarme su vida y muerte. Yo encantada. Pero, se alargó tanto, que dio lugar a que la chica que me cuida de noche hiciera acto de presencia. Por lo que le pedí a mi querida tía que volviera al día siguiente para poder escuchar el final de la historia. Me dijo que sí.

Hoy, a la misma hora de ayer, me senté a esperarla, frente a la ventana, con el mismo bordado, todo igual, salvo que no nevaba. No apareció. Quise darle todo tipo de facilidades, abrí la ventana, preparé una mesa para merendar: Torrijas. Ni siquiera salí a dar mi caminata diaria. Pero, no volvió.

Y fue cuando me di cuenta que, la hermana de mi madre, se me había aparecido como si fuera joven y llevaba muerta unos ochenta y siete años. ¡Lástima! No pude reanudar tan interesante conversación.

Y aquí estoy…, sin saber quién fue su asesino.

 

© Marieta Alonso Más

domingo, 3 de mayo de 2026

Amantes de mis cuentos: La ilusión de mi vida

 


 

De niño me enamoré del cine. Y hasta hoy. Soñaba con ser director de películas, que suena bonito, hasta que aprendí otra palabra: cineasta. Eso, eso es lo que quería ser cuando fuera mayor. Me veía como Alfred Hitchcock, dirigiendo, decidiendo, supervisando y a los cincuenta años lo conseguí. No logré su talento, pero sí, lo contundente de su cuerpo, el mentón, la mirada...  Cuando me pongo traje me confunden con él. He visto todas sus películas. No tienen desperdicio. El suspense y el thriller psicológico, me llevan al éxtasis.

También quise ser como Federico Fellini y el cuerpo también me acompañó. Tenía un cierto aire. «La dolce vita» quedó grabada en mí para siempre. Tomé una de sus frases y la repetí a lo largo de mi vida: «Soy un artesano que no tiene nada que decir, pero sabe cómo decirlo.»

Otro de mis héroes fue Steven Spielberg, aunque nunca conseguí parecérmele en el físico. Aún recuerdo los nervios al ver «Tiburón», la llantina con «E.T., el extraterrestre» cuando dijo: «mi casa», y las aventuras que corrí con todas las pelis de «Indiana Jones».

Nunca visité un estudio, pero si quieren que les hable del mundo del celuloide me puedo remontar hasta el cine mudo. Jamás fui cineasta ni guionista y mucho menos productor. A lo más alto que llegué fue a acomodador del cine de mi pueblo.

Creo que nadie ha sido tan feliz como yo viendo una película.

 

© Marieta Alonso Más

domingo, 26 de abril de 2026

Amantes de mis cuentos: La familia que me inspira

 



La prima Cecilia era muy especial. Organizaba los cumpleaños de toda la chiquillería de la familia y del barrio. 

Hacía con sus manos piñatas, nunca repetía modelo, que eran las delicias de todos. La mía, aquel año, era de Spiderman, mi héroe.

Repleta de chuches, sí, pero también de sorpresas: canicas, silbatos, lápices de colores, monedas de un centavo y de cinco. Y cuando yo saltaba gritando que tenía mucho dinero con cinco monedas de un centavo, me hacía ver que mi hermana con una sola de cinco tenía la misma cantidad que yo. Eso me costaba creerlo. En mi mano había más monedas.  

La prima Cecilia tenía los ojos tan grandes, que despedían una luz azulada como la de los cocuyos, como las luciérnagas, y cuando se lo decía me explicaba que no me confundiera que estos bichos no estaban emparentados, que no eran familia. Y yo que sí, y ella que no.

Siempre sabía lo que yo estaba pensando y me contestaba sin que hubiera hecho la pregunta. Con mucho misterio declaraba que ella era una bruja buena o mala según la ocasión, una lechuza, una arpía, un basilisco… Pero, yo dándole un beso, la llamada mi hada madrina.

 

© Marieta Alonso Más

domingo, 19 de abril de 2026

Nuevo Akelarre Literario nº 127: El mantón de Manila

 



El mantón de Manila, aunque símbolo del folclore español y andaluz, tiene su origen en China. Su nombre proviene de la escala comercial en Manila, desde donde el "Galeón de Manila" transportaba estas telas a Acapulco y luego a Sevilla durante el siglo XVI y posteriores, popularizándose en España en el siglo XIX.


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