domingo, 13 de octubre de 2019

Amantes de mis cuentos: Testimonio de amor



Mi padre era un buen electricista que un día se fue en busca de tabaco y nunca regresó, mi madre se dedicaba a las labores que conlleva tener siete hijos. Yo era el mayor. Mis abuelos se vinieron a vivir con nosotros para que ella pudiera trabajar en una fábrica de caramelos.

A mis doce años tenía hambre a todas horas y los bolsillos vacíos. Así que decidí repartir periódicos, cuidar un jardín, pasear a los perros del farmacéutico, todo a diferentes horas para que me diera tiempo a ir a la escuela. Me gustaba estudiar y la profesora de literatura era mi adoración. Soñaba con crecer y casarme con ella.

‒¡Anda, espabila! ¡Eres más tonto! ‒repetía mi madre cuando yo me quedaba embelesado leyendo los libros que me recomendaba.

Aquella mañana de lunes me levanté como siempre de madrugada, corté el césped y quité la maleza del jardín, lo hacía una vez a la semana. Busqué a los dos perros que sacaba tres veces al día, la primera salida la compaginaba con mi otro trabajo repartir periódicos, los perros corrían detrás de mi bicicleta. Normalmente desde la acera lanzaba los periódicos y de tanto tirar llegué a tener una puntería excelente, caían justo en mitad de la puerta y con un golpe seco. Así se enteraban que les había llegado la prensa.

Salvo con uno de mis clientes que el primer día que tiré el periódico me llamó con un estridente silbido que hizo que bicicleta, perros y yo nos quedáramos tiesos. Con la pecosa y arrugada mano me hizo la señal de stop. Vaya, pensé, querrá prescindir de mis servicios, pero no, me dio veinticinco pesetas, nunca nadie me había dado semejante propina.

Y así todos los días frenaba frente a aquella casa y él al oír el golpe salía con el dinero en la mano, a paso corto ayudado por un bastón. Me preguntaba cómo me iba en la escuela, lo que hacía con ese dinero, se las doy a mi madre, señor. Hasta llegué a hablarle del ardiente sentimiento que anidaba en mi corazón, me sugirió que no le pidiera matrimonio hasta no tener bigote, se lo prometí. Aquel hombre debía tener mucho dinero. Había sido alcalde de nuestro pueblo y no fue de los peores, según contaban.

Pero aquella mañana no salió, por lo que me bajé de la bicicleta y acompañado de los perros fui a tocar a su puerta. No era cosa de perder la propina. Quien abrió la puerta fue un policía, no era de nuestro pueblo, me confió que el pobre hombre había sido víctima de un crimen.

‒No me extraña ‒comenté‒ con todo el dinero que tiene en casa.

Eso cómo lo sabes, me preguntó y yo le expliqué lo de las veinticinco pesetas diarias. Y aquí estamos en comisaría desde hace dos horas como presuntos asesinos los perros, la bicicleta y yo.

Ya en la tarde, el dueño de los caninos, el director del periódico, el propietario del jardín, mis abuelos, mis hermanos, mi madre hicieron acto de presencia para sacarme de aquel atolladero. Pero lo más importante, lo que nunca podré olvidar fue cuando apareció mi querida maestra de literatura, acompañada del claustro de profesores y dijo que yo, no otro, era su mejor alumno.

¡Eso sí que fue una declaración de amor!  

© Marieta Alonso Más

domingo, 6 de octubre de 2019

Amantes de mis cuentos: La piedra de la verdad



En el dormitorio de Gertrudis había un espejo de cuerpo entero, y otro de medio cuerpo colgados frente a frente en la pared. Decía que esas lunas que reflejaban toda la luz y chocaban contra su superficie, tenían una secreta relación. Cuando su amante venía a visitarla jugaban a hablarse a través de ellos, con frases amorosas, besos soplados, sonrisas cómplices, simpáticas habladurías, graves enfados. Según fuera de agradable o tenso el tema de conversación, reían o…

Había una porfía que tarde o temprano salía a relucir. Se manifestaba cuando ella, toda amorosa, le preguntaba cuando se iba a divorciar de su encantadora mujercita. Él poniéndose los pantalones se daba la vuelta, subía la cremallera, se abrochaba la camisa, se hacía el nudo de la corbata y tras estirar las mangas de la chaqueta, sacaba el pañuelo bordado con su inicial y con un vibrante y rotundo estornudo se limpiaba la nariz. A continuación, le daba un beso en la mejilla y se marchaba.

Gertrudis, rabiosa, se miraba en el espejo de cuerpo entero, y al ver que la naturaleza se había volcado en ella, se animaba un poco. Luego se iba al pequeño donde la imagen reflejaba su rostro perfecto, y el ánimo subía mucho más, para después sentarse ante el tocador y tomar un espejo pequeño y redondo que por un lado era de aumento y, con ira controlada, se retocaba las cejas.

Un día su asistenta mexicana le trajo de regalo un trozo de obsidiana pulida. Al verse reflejada en él, con otro tono de piel y mucho más guapa, decidió enmarcarlo y subirlo a su habitación. Ya eran cuatro los espejos. Lo que ella desconocía eran los poderes de adivinación de esta piedra de abismal negrura, en la que se podía ver el pasado, el presente, el futuro…

Tras una temporada de relativa normalidad, volvió a salir a la luz su obsesión, la discusión inacabada. De pronto, se oyó un ruido como si temblaran cielos y tierra y en aquel espejo de bruja elegancia apareció la imagen de una mujer: La de la legítima esposa, que recorrió el recinto con la mirada. La posó en Gertrudis que estaba vestida con un deshabillé malva sobre la cama. Luego en su marido que, desnudo y petrificado, la oyó decir: «Ni se te ocurra volver».


domingo, 29 de septiembre de 2019

Amantes de mis cuentos: Gozar del presente







Era un hombre que pagaba todos sus impuestos y que nunca se molestó en pedir subvenciones. Lo que debía hacer lo hacía. Eusebio se llamaba. En aquel momento a sus cincuenta años sentía tener todo lo que necesitaba, ni más ni menos: a su abuelo, a una mujer con la que llevaba casado veinticinco años y tres amigos incondicionales que nacieron en la misma aldea y eran de la misma edad.

El abuelo tenía ciento cuatro años y aún le daba buenas ideas para que siendo tan trabajador pudiera obtener algunos ingresos extras, y cuando sintió que la muerte se acercaba le mandó a llamar y en voz baja le pidió que tomara sus ahorros guardados en su colchoneta y comprara cerca del pueblo un terreno desigual y baldío al que se llegaba por medio de un sendero intransitable. En mitad de aquella tierra encontraría una casa destartalada, que la arreglase y se fuera a vivir allí, así no tendría que pagar alquiler como hasta ahora.

Durante todo el duelo estuvo acompañado por su mujer y sus tres amigos. Nunca se habían separado hasta sus oficios se complementaban y formaban el mejor de los equipos en toda la comarca castellana: un albañil, un fontanero, un electricista, un pintor de brocha gorda y fina.

Tras el entierro fue a inspeccionar la zona, y solo porque su abuelo se lo había pedido hizo una oferta al dueño que estaba deseando quitarse aquel lastre. Lo consiguió a tan buen precio que alcanzó con la mitad de los ahorros del abuelo.

De lunes a viernes trabajaban para vivir y los fines de semana se reunión las familias. Solo uno de ellos había tenido un hijo, el Ricardo, que a todos llamaba tíos y que ese año se había licenciado en derecho.

−Os necesito −dijo.

−Aquí nos tienes −contestaron.

Trabajarían los fines de semana. Lo primero era hacer un camino para llegar a la futura casa sin tantas dificultades. Ricardo recomendó pedir permiso al Ayuntamiento pues el camino pasaba por tierras que eran de su propiedad. ¿Por qué? Porque es lo correcto. Así lo hizo y el permiso fue concedido de inmediato cuando le explicó al señor alcalde, que no tendrían que pagar nada.

Las mujeres pidieron que las enseñaran a soldar para quitarles trabajo, cada uno besó a la suya emocionados, siempre estaban al quite. Con tal de estar juntas, decían. Mientras los hombres trabajaban en la carretera, ellas fueron separando tablas de madera aprovechables y las pocas tejas que quedaban sanas. Por fin, con un tractor se derrumbó lo poco que quedaba y comenzaron a cavar para hacer los cimientos de la nueva casa.

Grande fue su sorpresa cuando encontraron una columna, luego otra, y otra; un mosaico, luego otro, y otro; y así fue surgiendo poco a poco unos suelos maravillosos separados por aquellas columnas. Eran tan hermoso que sintieron miedo.

Vino Ricardo y dictaminó que aquello había sido una villa romana que podría abarcar un gran espacio ya que esas villas combinaban funciones residenciales y administrativas, que la mayoría de ellas fueron abandonadas a finales del siglo II d.C., que como se enterara el Ayuntamiento daría cuenta a Patrimonio Artístico y que lo perderían todo.

−¿Qué hacemos?

−Continuar −dijo el Eusebio− nadie tiene por qué enterarse y si como piensa Ricardo puede haber más de un recinto cada uno de nosotros tendrá su casa y cuando nos llegue la hora de partir, ya verá el abogado cómo salir del atolladero. Los cuatro hacemos testamento a su favor.

Y así vivieron, aquellos grandes amigos, como romanos siendo castellanos viejos.

© Marieta Alonso Más

domingo, 22 de septiembre de 2019

Amantes de mis cuentos: Dios aprieta...




Fue una época difícil aquel año en que emigré de mi pueblo, una calurosa mañana de mediados de agosto. Un accidente se llevó a mi marido, y como la llave de la despensa era él, me encontré en una situación bastante delicada con tres hijos de diez, ocho y seis años. 

Pagué el último recibo de alquiler, lo que debía en la tienda de abarrotes, metí nuestra ropa en una maleta y con el poco dinero que quedó los cuatro de la familia nos subimos al primer autobús que pasó, toda la noche viajando y llegamos a Madrid, a primera hora de la mañana.

Me acerqué temerosa a la primera iglesia, no era mi costumbre visitarlas, me atendió una mujer que dijo ser la asistente social de Cáritas, me prometió plaza para los tres niños en el colegio público más cercano, eso sería en septiembre, y me dio la dirección de una señora del barrio que necesitaba ayuda.

Allí nos fuimos, los cuatro de uno en uno estuvimos tocando el timbre de la puerta. No había nadie. Una vecina salió a fisgonear y me dijo que fuera al parque de enfrente y me señaló a una señora de cabeza cana y cuerpo frágil que dormitaba en uno de los bancos.

La rodeamos, sin hablar le entregué la nota que me había dado la de Cáritas, dijo llamarse Amparo, le conté la historia de mi vida, y con gesto de hastío, ordenó:

‒Venga conmigo y deje de quejarse.

La casa era muy espaciosa y no estaba mugrienta, solo el polvo se había hecho dueño de los rincones y las estanterías. La señora iba detrás de mí inspeccionando mi trabajo. Quedó complacida porque al final me dio la dirección de un bufete, para que fuera allí de inmediato. Mientras tanto ella le daría de merendar a los niños, que no tuviera temor que sabría cuidar de ellos.

Me presenté en el departamento de Recursos Humanos de aquella oficina y conseguí el empleo. El horario para la limpieza de todos los despachos sería de seis de la tarde a diez de la noche, de lunes a viernes.

Corrí a darle la feliz noticia a Amparo, que la escuchó complacida, los niños estaban viendo la televisión muy modositos. No paraba de estrujarme las manos, no sabía cómo decirle que necesitábamos un lugar dónde dormir, comencé a despedirme y me llevó aparte, ella vivía sola, si le hacía la comida, le tenía limpia la casa, y le recordaba tomar los medicamentos, podríamos ir a vivir con ella.

‒¿Los cuatro? ‒pregunté.

‒No pretenderás que duerman en la calle ‒contestó.

Los niños levantaron asustados la cabeza.

Gracias a Cáritas y a esa mujer que, haciendo honor a su nombre, nos amparó, logramos salir adelante. Mis hijos pudieron estudiar, ahora tienen un buen trabajo, me jubilé cuando llegó la hora y hoy ayudo en esa parroquia a personas que se hallan como en aquel entonces me encontraba yo. Y les digo que no desesperen que si siendo yo tan poco dada a rezos, Dios me ayudó tanto, a ellas con mayor razón.

© Marieta Alonso Más 

domingo, 15 de septiembre de 2019

Nuevo Akelarre Literario nº 48: La partitura

Conscientes del lenguaje universal de la música y de lo que la misma incide en nuestras vidas, nos hemos inspirado en una partitura antigua para desgranar con palabras las notas que no sabemos interpretar en un pentagrama. 

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Disfruten con nuestros cuentos

domingo, 8 de septiembre de 2019

Amantes de mis cuentos: El sabihondo de mi hijo



Era un bebé precioso que desde muy temprano comenzó a mirar fijamente todo lo que le rodeaba. Tenía dificultades para mamar y su madre daba grititos que le hacían reír cada vez que tiraba de ella, eso no fue nada comparado con lo que hacía cuando le salieron los dientes.

Juguete que caía en sus manos lo rompía para ver qué tenía dentro. Los berrinches duraban poco, sus padres les complacían enseguida, porque, aunque las paredes estaban insonorizadas no querían que los vecinos le oyesen llorar.

Cada vez que su padre le pedía un beso, se acercaba humildemente y con la mejilla a mano le pegaba un mordisco. Luego, con carita de ángel, sonreía. A su madre casi la ahorcó un día que comenzó a tirarle de una cadena al cuello. Era imposible que tuviera tanta fuerza.

Nunca le regañaban y mucho menos le daban una nalgada, por supuesto.

Los padres esperaban con ansia la entrada en la guardería, a ver si allí lograban que entrase en vereda. No hubo necesidad. Era el niño más sociable, más risueño, más encantador, más besucón de todos los que había pasado por allí.

A los cinco años prendió fuego a la alfombra delante de la chimenea para ver los colores de la lumbre esparcidos por el suelo. Cuando aprendió a montar en velocípedo no usaba los frenos, para qué, si las paredes de su casa servían lo mismo. El jardín pasó a mejor vida, cuando pisoteó todo lo que había a su paso.

No había semana que no lo tuvieran que llevar al ambulatorio con brechas que necesitaban puntos. Hasta que denunciaron a los padres por maltrato infantil.

El niño les defendió como todo un abogado, ante el juez. Sus padres le adoraban, jamás le habían pegado, ni siquiera regañado, en cambio, lo enfermeros sí le hacían daño cada vez que le curaban. Ellos eran los maltratadores.

Nerviosos los padres ante tantos descalabros pidieron ayuda a una psicóloga que se sentó con él a charlar.

‒¿Por qué eres tan travieso y pícaro?

Sonrió y al poco rato se le oyó decir:

‒Me gusta jugar y hacer bromas.

‒¿A ver, cuéntame, por qué te portas tan bien en la calle?

‒No pretenderá que me comporte igual de mal en la calle a como lo hago en mi casa. Yo soy un niño feliz haciendo trastadas donde me lo permiten.


© Marieta Alonso Más

domingo, 1 de septiembre de 2019

Amantes de mis cuentos: Un puente amigo




La anciana y su gato, tumbado boca arriba, se mecían de forma rítmica llevando el compás de una música imaginaria. Ambos con sus pensamientos. No se escuchaba ni el croar de las ranas, ni el rumor de las hojas de los árboles mecidas por el viento. En el puente ‒su puente‒ que veía a través de la ventana del salón, no había moho, ni hierbas…, granito, solo granito. Era su guarida inexpugnable donde se escondía siendo joven a llorar sus penas. Un amigo fiel.

Un día borrascoso su marido lo cruzó y desapareció sin dejar rastro. Se preguntaba si habría muerto en alguna esquina, ¡ojalá!, o si se fue a vivir la vida. Cada día miraba esas piedras que le ayudaron a marchar, y le daba gracias a su santa preferida por haberla escuchado. Naturalmente, no amaba a su marido.

El silencio se hizo de pronto en aquella habitación cuando la mujer y el gato dejaron de mover pies y patas. Saltó el minino sin dar tiempo a que la anciana pudiera abrazarlo y se oyó un golpe seco.

‒Abuela ¿qué sucede? Haz el favor de no tropezar, no vayas a perder el equilibrio.

‒Como si yo pudiera evitar caerme.

‒Pero, ¿qué ha sido ese ruido? 

‒Nada. El gato cazó un ratón.

Su nieta estudiaba en la habitación contigua. Era su única familia, sin contar al gato. El reloj de cuco dio una campanada, hora de hacer la comida. No me apetece levantarme, se dijo. Ya la haré dentro de un rato.

Y miró por la ventana el sol reflejándose en el río. La corriente que entraba por la puerta abierta hizo que la anciana se arrebujara en su chal. El gato con la panza llena saltó de nuevo a su regazo.

Lo importante es vivir sin pasar hambre ‒adoctrinaba la madre‒ no desperdicies tu belleza con ningún mindundi. Pero ella, en aquel entonces, necesitaba amar y ser correspondida. No tuvo elección. Fue arrojada a los brazos de un hombre que tenía el vicio de la violencia y la virtud de ser rico. En el momento en que se desvaneció en la niebla ella estaba de cinco meses. Lidió con madre e hija para salir adelante. Al principio, los suegros le daban algún dinerito, luego se les olvidó.  

Pasó los años cose que te cose. Su época más feliz fue cuando la hija marchó y la madre murió. Y pudo vivir sin tapujos con Alfredo, su novio desde que tenía diez años, un don nadie, era verdad, un simple jornalero que le brindaba paga y ternura.

La paz y el amor le duró demasiado poco, cinco años escasos. Lástima. Alfredo la quería tanto que si le hubiese encargado la luna seguro que se la habría traído. No pudo llorar su duelo, a los quince días, la hija enferma se presentó con esa nieta sin cumplir el año y vuelta a empezar.

La música surgió de nuevo en su cabeza y retornó a llevar el compás con los pies, el gato la imitó, esta vez, con la cabeza. Si pudiera volver a nacer, con la experiencia de ahora… De lo que no se arrepintió nunca fue de haberse enfrentado a la falsa moral de su pueblo, a las habladurías.

Una figura encorvada, ayudándose con un bastón, atraviesa el puente. Tiene un aire familiar. No. Sí. Lo que le faltaba. Por favor santa Bárbara ¡espabila! Envíale truenos, rayos, piedras, y si me aceptaras una breve sugerencia, con un buen empujón, bastaría.





© Marieta Alonso Más