domingo, 6 de abril de 2014

Amantes de mis cuentos: Un dolor de cabeza


Artículos de plomería 

La literatura no es otra cosa que un sueño dirigido.
Jorge Luis Borges.



Mi fontanero no tuvo ocasión de pasar más allá del quinto curso de primaria. Eran tiempos difíciles.  Su pasión es la lectura en sus ratos libres, por lo que se ha ido haciendo de un vocabulario extenso, con una ortografía aceptable y unos conocimientos generales con enormes lagunas.

Devora todo libro que cae en sus manos, y luego a solas con su imaginación corre mil aventuras con sus personajes favoritos. Julio Verne le hace soñar, y como es hábil con las manos emula sus maquinarias fantásticas. Quiso ir más allá y se adentró en los clásicos. Palabra que no entiende, la busca en el diccionario, ahora lo lleva siempre bajo el brazo. No comprende por qué algunos escritores deslizan palabras en otros idiomas, esto no le facilita la lectura. 

Entre el trabajo y su afición literaria se siente feliz, hasta hace pocos días en que se topó con Borges. La bibliotecaria le dijo que era un escritor argentino, nacido en 1899, inteligente, bilingüe, de una vasta sapiencia, con una progresiva ceguera, y puso entre sus manos El Aleph, una recopilación de diecinueve relatos entre los que hay uno que también se llama así.

Antes de apoyar el diccionario en sus rodillas y abrirlo, tuvo que leer el cuento varias veces.  Había tantas citas, datos históricos, enigmas... 

Supo que el título es la primera letra del alfabeto hebreo, la que el pueblo escuchó directamente de la boca de Dios, el símbolo de su Voluntad, del Universo. Claro que también leyó que en matemáticas así se le llama al número cardinal que caracteriza la potencia de un conjunto. Nunca se le había ocurrido pensar que todos los alfabetos tienen una primera letra. Buscó y encontró alfa y omega, principio y fin del alfabeto griego. Pues en español tenía que ser la a y la z. Mucho más fácil.

Este cuento le introdujo en un laberinto, y no se sintió capaz de encontrar la salida. Buscó y leyó que para Borges el laberinto es la prisión en que está encerrado el hombre, el lugar donde encontrará la muerte, que el tiempo es intemporal y que la identidad solo se conoce a medias.

Siente como si tuviera un tornillo flojo en la cabeza. Para empezar, el protagonista del cuento también se llama Borges, se le muere una tal Beatriz y es tan profundo su dolor que sigue yendo a su casa donde un primo de la muerta le atosiga con unos espantosos poemas. El trata de inhibirse. El primo un día le lleva al sótano para enseñarle el Aleph y Borges lo ve... y a través de él observa el mar, Londres, racimos, nieve, tabaco, vapor de agua, desiertos, el Universo. Y se entera de lo casquivana que fue Beatriz.

No ha leído nunca nada más ambiguo y desconcertante. El choque con lo fantástico le da miedo, se siente amenazado. Al final, ni el mismo autor recuerda si vio o no vio el Aleph y suelta que la mente es porosa. No puede ser pero es. Está escrito.

Eso de poder leer el cuento de múltiples maneras le pone nervioso, hasta le hace desear hablar con Borges. Lo intenta. Imposible. Murió en 1986.  






© Marieta Alonso Más

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