domingo, 25 de septiembre de 2016

Amantes de mis cuentos: Guardia de honor

Ronda de noche
Rembrandt Harmenszoon van Rijn




Me llamo Guillermina y soy la mejor ladrona de Amsterdam, de Holanda y del mundo. En mi familia, robar, viene de antaño. El tatarabuelo de mi tatarabuelo comenzó este noble oficio y desde entonces todos trabajamos con denuedo y sin percances. Cada día nos lanzamos a las calles de nuestra ciudad y competimos para ver quién trae el mejor botín a casa.

Hoy entré en el mercado y con disimulo sustraje un gallo blanco y me lo colgué de la cintura. Salí tranquila. Nada más cruzar la calle, el pollero apareció gritando.

¡Al ladrón! ¡Al ladrón!, vociferaba aquel hombre mirando de un lado a otro. Se conoce que le achacó el hurto al hijo de alguna clienta.

Para pasar desapercibida, no tuve más remedio que esconderme entre los soldados que se disponían a comenzar la ronda. Y eso fue lo que me salvó, porque mientras buscaban a un pillo, me adentré por callejuelas marcando el paso de los soldados. Con la cabeza en alto no se percataron de mi presencia. Al pasar por las inmediaciones de mi casa, me escapé, pudiendo llegar a tiempo para que mi madre preparase la mejor cena que engullimos en muchos días.

Mis padres estaban tan felices que hasta pude repetir. La pequeña se había graduado con matrícula de honor en su primer día de faena.

Esa noche soñé que Alí Babá abdicaba en mí y me ponía al frente, de sus cuarenta ladrones. 








© Marieta Alonso Más

domingo, 18 de septiembre de 2016

Amantes de mis cuentos: Siempre te querré

François-Marius Granet
Jean-Auguste-Dominique Ingres 
Museo Granet. Aix-en-Provence (Francia)





Su silencio era lo más triste de todo. Antes de cruzar el río y atravesar el puente, se dio la vuelta. El adiós de esa mirada me acuchilló. No podía apartarme de la ventana. Tarde o temprano tendría que suceder. Se marchó. 

Nació pintor con una capacidad rayana en la genialidad, según mi modesto entender, mas no fue famoso como otros. Solo yo, aquella niña a la cual ignoraba, que limpiaba el taller, que le preparaba los colores, los pinceles, la paleta, supe de su valía. Trabajó con los mejores de su tiempo. En su bondad compartía ideas y siempre eran otros los que mejor las captaban, los que sacaban más provecho de ellas. Se desanimaba. Vivir en la sombra cuando su único anhelo era ser luz,  le causaba un dolor indescriptible. Quería dar pasos de gigante, pero siempre se encontraba por detrás, por debajo, nunca al lado ni mucho menos por delante de los otros. La impaciencia lo devoraba. No quería pensar que en la cima del éxito, el espacio es pequeño, que no hay cabida para tantos. 

Partió en busca de un porvenir y me dejó solo una mirada, sin imaginar ser el culpable de las tormentas que me agitaron, sin llegar a saber lo mucho que le amaba.

Se fueron deslizando los días, meses, años. Hoy contemplo extasiada su rostro, en ese retrato que ocupa un lugar privilegiado en el salón de mi casa.






© Marieta Alonso Mas

domingo, 11 de septiembre de 2016

Amantes de mis cuentos: Incomprendido


El minino



Se subió al quicio de la ventana, sonrió a los árboles y se dejó caer en el césped. 

¡Miau! chilló el gato de su hermana intentando salir de su trasero. Un leve giro dio la libertad al minino que aprovechó para alejarse.


Se puso en pie sacudiéndose las hojas que cayeron al suelo formando una alfombra de colores. Nadie se había enterado de su proeza, nadie le había aplaudido, ni regañado. Era un cero a la izquierda. Lástima de no haber matado al gato en su caída porque así los demás sabrían de lo que él era capaz.

domingo, 4 de septiembre de 2016

Amantes de mis cuentos: Vorágine

El doctor (1891)
Samuel Luke Fildes



Escucho un estertor y suena el teléfono. Es el médico que por adelantar ha firmado ya la defunción. Cuelgo. 

Vuelve a sonar. Un tanatorio dando facilidades. Dicen que vienen en un cuarto de hora. Vale. 

Aprovecho para ir al Banco. Pongo el dinero a buen recaudo. Más tarde no se puede tocar y tengo que hacer frente a los gastos.

Cuando regreso otros tanatorios llaman con sus ofertas. No es momento para andar de rebajas. 

Llega el coche fúnebre. Me preguntan qué mortaja deben poner. 

Cuando comienzan… abre los ojos.

Falsa alarma.




domingo, 28 de agosto de 2016

Amantes de mis cuentos: Iré a Santiago

La Puerta del Perdón.
Catedral de Santiago de Compostela



Soy un Renault 4 TL de color blanco y con el número de matrícula M -9774-EU.  Si no estuviera enamorado de quien hasta ahora me ha conducido por esos mundos de Dios, a lo mejor estaría aparcado en un desguace. Supe de siempre que nuestro amor era imposible, pero los sentimientos están ahí. No puedo evitar amarla con todas mis fuerzas por muy canija que sea.

Esa mujer de la que estoy enamorado es preciosa, recogidita, más dulce que el azúcar de caña, sabe de todo: ciencia, arte, historia, geografía… Es verdad que la inteligencia emocional la tiene algo desequilibrada, pero yo… muero por ella.

Ayer me vendió a un concesionario. Ni una lágrima echó al entregar la llave, que es mi corazón, a un desconocido. Tampoco se dio la vuelta para decirme adiós.

Estoy hecho añicos. He llorado tanto que ha quedado reluciente la carrocería. Reacciono. Nunca más seré esclavo del amor. Se acabó sufrir por una mujer que me despreció sin un ápice de sensibilidad, a quien le ofrecía ternura, amor y comprensión. 

Me hago con la llave de la forma más sutil y me largo a Vallecas, al taller del hombre que hizo posible que sea como soy. El que puso su saber a mi servicio. El que me dio alma y voz. Se llama Ricardo y es el mejor mecánico del universo. Se alegró al verme aunque se preocupó cuando le expliqué que ahora soy un coche fugitivo.

Le cuento mi calvario, que mi chica va por el mundo a trompicones, que he soportado todos sus escarceos amorosos con dignidad y que ahora se deshace de mí como si fuera chatarra. Me escucha en silencio. Él también ha sufrido lo suyo con las mujeres. Le está dando vueltas a un tal camino francés que va desde Roncesvalles a Santiago, es una especie de peregrinaje, observa.

-         Te llevo-, le digo.

Me miró con ternura. Yo he sido lo mejor que ha hecho en su vida. Así que nos vamos en busca de una Credencial para que nos sellen las etapas. Ya podemos comenzar la andadura pidiendo a gritos dos milagros: mi amigo encontrar esa mujer con la que sueña y yo volverme a enamorar y ser correspondido. Puede que esto sea demasiado para el Apóstol… pero la fe mueve montañas.


© Marieta Alonso Más

domingo, 21 de agosto de 2016

Amantes de mis cuentos: Hasta que la muerte nos separe

Representación de la Viuda 
en la plaza de Ancud, Provincia
de Chiloé, Región de los Lagos
(Chile)




He cambiado de estado. Ahora soy viuda. En su último estertor me tomó la mano, costó Dios y ayuda desprenderme de él. No me extraña, siempre quiso estar junto a mí en lo bueno y en lo malo.

Llegamos al tanatorio; pusieron el ataúd tras el cristal y las coronas a su alrededor. Destacaba la mía de rosas amarillas con una cinta que decía: «Tu amante esposa». Me senté, alejada de la cámara mortuoria, pero no tanto como para que los amigos fueran a pensar mal de mí. Un sacerdote dio un responso y, mientras rezábamos el Padre Nuestro, en un pétalo, de la rosa más cercana surgió una mancha negra en forma de dedo índice. Se movía y me indicaba que fuera hacia allí.

No hice caso

Tras el papeleo, los pésames y el entierro, regreso a casa. Cuarenta años de casada con un hombre bueno, amable, egoísta, educado, poco trabajador, fiel, posesivo. Hora es de descansar.

Despacio entro en el hogar que ahora es solo mío. Su olor está por todos los rincones. Aplico ambientador, cambio las sábanas, me ducho, estreno pijama y asumo la novedad al poner mi vaso de agua en la mesilla de noche en vez de los dos de siempre.

No podía dormir. Fui a beber un sorbo de agua y encontré el vaso vacío. ¡Qué extraño! Lo volví a llenar y me puse a leer. El sueño me venció. Desperté de madrugada, serena, hasta que comprobé que el vaso de agua estaba de nuevo vacío.

No le quise dar mayor importancia. Así que me enfrenté a su armario y saqué toda su ropa. En la mañana se la dí al portero, recibí su pésame. Sentí un dolor muy fuerte en el pecho. Perdí el conocimiento. El portero tuvo que hacerme el boca a boca hasta que me recuperé. No quise ir al hospital. Así que volví a mi casa y cerré la puerta.  Su olor era aún más fuerte, me exasperé, así que me planté en medio del salón y con voz firme, le grité:

−¡Vete de una vez! ¡Déjame en paz! ¡Haz el camino solo porque lo que soy yo no pienso acompañarte!




© Marieta Alonso Más

domingo, 14 de agosto de 2016

Amantes de mis cuentos: Escrutinio vital

Giorgione: Retrato de una anciana
Galería de la Academia de Venecia 






Acabo de cumplir cien años. Ayer. Y hago constar que solo me quejo de un ligero dolor en las rodillas al caer la tarde. Me imagino que sea al estar todo el día trajinando, dando órdenes para que recojan la casa, el menú diario y echando maíz a las gallinas, que por cierto, hoy me he quedado pensativa por lo poco apasionadas que suelen ser estas aves.

Allí estaban pasando el rato, picoteando, chismeando con las congéneres y con esa actitud condescendiente que suelen tener al mirar al gallo que en todo su esplendor emitía su cloqueo de reclamo, ninguna hizo ademán de levantarse por lo que al final el de la cresta colorá tuvo que elegir a una de ellas, que lo recibió tranquila, con algo de desgana y se dejó hacer para al final sacudirse el plumaje como quien se quita el agua de una llovizna impertinente. Si los gallos no fueran tan soberbios, éste se hubiera alejado traumatizado, pero no, soltó un kikirikí, alertando al mundo de su proeza.

Ese detalle hizo que recordara a mi tercer marido, el pobre, de los seis con los que me casé, era el menos dotado y el que más alardeaba. No critico, no, si la primera que se juzga a sí misma, soy yo. Una tonta apasionada. No me explico cómo me pudo durar tanto la explosión hormonal de los años jóvenes, estuve setenta años en activo. Al cumplir los noventa me aplaqué y llevo una vida, en ese aspecto, bastante sosegada. Ni siquiera añoro aquel bienestar animal que me embargaba al término de la función. Y aquí estoy como si me fueran a dejar para semilla.

¡Oh, qué vista tan hermosa tengo ante mis ojos! Con las montañas a lo lejos, mis hijos trabajando los campos y el murmullo del cercano río. Me siento en la mecedora y hago repaso de mi vida. No me puedo quejar.

Mi primer marido era un don nadie como yo, en aquel entonces, jugador de lotería y cuando le tocó el Gordo de Navidad, no lo resistió. Heredé el premio y me compré esta finca para que los dos hijos que le di aprendieran del campo lo que la ciudad no les podía dar. Mi segundo esposo, el más trabajador de todos sacó tal rendimiento a estas tierras que pudo construir esta casa que de cómoda que es, no apetece salir de ella. En el plano familiar me hizo otros dos hijos. Murió encaramado en el tractor, de una insolación. Del tercero creo que ya les he hablado, se le iba la fuerza por la boca. Me sorprendió al pedirme el divorcio para casarse con su peluquero. A ese también le di otros dos hijos y eran de él, no se confundan. El cuarto muy simpático, casi me deja en bragas, no me quedó otro remedio que tomar una acertada decisión a pesar de haber tenido dos hijos con él, preparé unas croquetas, su plato preferido y se marchó al otro mundo, horrorizado. El quinto, ese sí que era un encanto, qué cabeza para los negocios, en poco tiempo enderezó el cortijo y me enseñó lo suficiente sobre las finanzas para llevar las riendas de mi economía. Otros dos hijos le di en pago de sus servicios. Murió de una indigestión de letras, literalmente, era amante de las sopas y como los fideos de tan delgaditos son monótonos, le sorprendí con esas pastas de letras y por formar palabras se le olvidaba comer y murió de inanición. ¡Ay, el sexto! También le di otros dos hijos. Lástima que me durase tan poco, era tan apasionado como el gallo que veo desde aquí que ha vuelto a las andadas. No ha dejado gallina que no recibiera su estocada.

En el fondo mi vida ha sido sistemática, todo lo bueno ha sido divisible por dos: seis maridos, doce hijos, cien años. Lo impar ha venido siempre rodeado de pérdidas, de sobresaltos. No sé qué me deparará el porvenir.



© Marieta Alonso Más