domingo, 19 de febrero de 2017

Amantes de mis cuentos: Gen de naipes

El tramposo con el as de tréboles
George de La Tour


Mi abuela era una empedernida jugadora. Con los adultos jugaba por las tarde al bridge, la canasta y el póker, pero conmigo todas las noches del año se entretenía con el Chúpate dos, el Julepe, las Siete y media, el Chinchón y un sinfín de juegos más. Me obligaba a sentarme en la mesa camilla al lado de la lumbre para que me distrajera un rato, me decía. Eso te calmará los nervios antes de ir a la cama. Así tendrás dulces sueños. 

El caso es que tanta carta hizo que llegara a odiarlas. Y juré que de mayor nunca más tendría entre las manos las cuarenta y ocho de una baraja española, ni las cincuenta y dos de la inglesa. 

Además de hacer juegos malabares con las cartas, mi abuela no paraba de darle a la sin hueso. Y cada noche se explayaba con que había que ver lo listos que eran los hijos de la Gran Bretaña, sus cartas tenían el origen en la baraja francesa, pero las inglesas eran las más conocidas. Claro que los alemanes se atribuían que sus naipes habían dado origen a la francesa, y lo decían con palabras tan contundentes que era mejor asentir no se fueran a enfadar. A la chita callando los chinos proclamaron que fueron ellos los creadores, hay que ver lo que son esos hombres de ojos rasgados, levantas una piedra, asoma uno y te sonríe. El caso fue que los ejemplares más antiguos aparecieron en Italia, pero no te equivoques, susurraba en mi oído, se puede apreciar perfectamente en ellas la influencia de las españolas. Mi abuela, como siempre, tirando de la sardina para su lata. 

¡Ay abuela! Tantos disgusto que te di de niña no queriendo jugar contigo a las cartas, tantos juramentos estériles para que ahora esté en Las Vegas, viviendo a todo tren, gracias a los trucos que me enseñaste. Y esto pica y se extiende porque tu bisnieta, ha salido clavadita a ti. ¡Hay que ver la destreza que despliega barajando cartas! 



© Marieta Alonso Más

jueves, 16 de febrero de 2017

Nuevo Akelarre Literario nº 9: El intercambiador de la Zona Cero




El intercambiador de transportes de la Zona Cero de Nueva York, lleva la firma del arquitecto español Santiago Calatrava.

Luminoso recinto inspirado en la histórica estación de Grand Central, tiene una gran cúpula de blancas vigas de acero que asemejan las alas de un ave a punto de emprender el vuelo.

Representa el renacer de la Zona Cero tras los atentados de 2001.


¿Quieres leer nuestros cuentos?
Pincha en el link 

domingo, 12 de febrero de 2017

Amantes de mis cuentos: Ni caído del cielo


Retrato de un dirigente de la dinastía Qing
en una silla de ruedas. 






−¿Cómo está usted? ¿Ha dormido bien?

El hombre a quien preguntaba, ayudaba a levantarse y a vestirse era un anciano que, arrastraba cuarenta y cinco años en cada pierna.

A las once de la mañana y a las cinco en punto de la tarde bajaban a dar un corto pero agradable paseo, don Mauricio el que fuera farmacéutico del barrio, y Delia la mujer ecuatoriana que casi no podía con él a pesar de ser tan delgado. Iba en su silla de ruedas y se paraba cada dos por tres a conversar con los conocidos. Las escaleras eran el problema. 

Delia le pidió permiso para traer a su única hija, Margarita, que estaba con sus abuelos y él se lo concedió. 

-¿No quiere traer a su marido?

-Me abandonó don Mauricio por una más joven. 

-Pero, ¿si usted tiene treinta años?

-Ya ve.

Margarita resultó ser una adolescente estudiosa y trabajadora. Unos meses don Mauricio la estuvo analizando, hasta que por fin se brindó a ayudarla hacer sus deberes, mientras Delia se dedicaba a sus otros quehaceres. A las dos les contaba sus historias y le preguntaba por sus problemas y sueños.

En su contrato Delia libraba un día a la semana. Pero desde que le vio decirles adiós con los ojos aguados, decidió que en sus horas libres le llevaría al cine y de compras con ellas. Como sabía conducir don Mauricio compró un coche y los fines de semana se iban de excursión. Hacía muchos años que el pobre boticario no disfrutaba tanto. 

Sin hijos, solo un sobrino que venía a verle una vez al año a pedirle dinero, don Mauricio caviló mucho para ofertar un matrimonio libre de roces a Delia y adoptar a Margarita.  Total, más temprano que tarde él tendría que ir a una Residencia o a otro lugar aún más lúgubre, y deseaba que le recordaran con un poco de cariño.



© Marieta Alonso Más

domingo, 5 de febrero de 2017

Amantes de mis cuentos: Mi vida en la selva




A mi casa en la selva la cubre un tejado de hojas verdes y los árboles son las columnas. Aquí vivo con mi papá, mi mamá, mis abuelos, mis hermanos. Me gustan mucho los animales. A muchos los veo de lejos y con otros convivo. 

Hay que estar muy atento, no te puedes recostar al tronco de un árbol así como así, porque te puedes encontrar que lo que parece la corteza es una serpiente. No me gustan los reptiles. Envuelven a nuestras gallinas y conejos y glu, glu, se los tragan. A la que más miedo le tengo es a la cobra que escupe porque pueden lanzar su veneno desde lejos, casi tres metros, me dijo mi abuelo. Si te cae en la piel no pasa nada, siempre y cuando no tengas una herida abierta. Pero estos bichos sin patas y cuerpo alargado son tan listos que apuntan a los ojos y te quedas ciego por menos de nada. Lamento decir que tienen una puntería mejor que la de mi papá. No todas son venenosas, mi abuelo me enseñó las boas y los pitones que no tienen veneno pero si te pillan te dejan hecho un trapo. 

A mí me gustaría tener un elefante. Mi abuelo me recomendó que no lo pidiera que a veces los deseos se cumplen y me aconsejó no acercarme a ellos, que si te ponen una pata encima te dejan incrustado en tierra. Un día vi a una manada que cruzaba un claro de mi selva y, uno con la trompa levantada olfateaba el aire y movía las orejas como si fueran abanicos. Yo me reía y de reojo me miró. Se fue acercando poco a poco, coloqué mi pie desnudo en el extremo de su trompa y me llevó hasta su grupa. Allí estuve un buen rato cuando quise bajar me deslicé por la trompa. También quise aprovechar sus pisadas pero la distancia de una a otra no la podían salvar mis cortas piernas, ni siquiera las de mi papá que es alto y fuerte como nadie. Los elefantes adultos no tienen enemigos y lo mismo se mueven con gran estrépito que con el mayor sigilo. ¡Oh, oh! Cesaron los crujidos. Me voy con mi abuelo.

A mí me gustan las cebras lo que daría por ser como ellas y tener esas rayas blancas y negras en mi cuerpo. Viven en grupos y duermen de pie durante el día aunque algunas se tumban en la noche. Mi abuelo que es muy viejo y sabe mucho, hasta ha ido más allá del horizonte, me dijo que cuando reposan se ponen una junto a otra con la cabeza de cada una hacia el lado contrario, son muy sabias, así aprovechan para con las colas espantar las moscas de las caras y ver mucho más, no sea que los depredadores las pillen por el trasero. 

Escuché el chirrido del grillo, la molienda de la caña. ¡Vaya! ya viene mi mamá a despertarme. Me pilla siempre en lo mejor de mis sueños. 




© Marieta Alonso Más

domingo, 29 de enero de 2017

Amantes de mis cuentos: Turbación








A Edgar Allan Poe










Me va a matar. Ahora. Me lo dicen sus siniestros ojos, su boca silenciosa, el cuello grueso, su traje negro. No ha dejado de mirarme ni un momento. Sin pestañear.

El andén está a rebosar. Ya pasan dos minutos de la hora prevista para que llegue el tren. Ya asoma la locomotora con sus vagones detrás y su ruido inconfundible. Siento su mirada fija, que me traspasa. 

Los periódicos llevan días anunciando a un asesino suelto que sin piedad mata a sus víctimas. Las elige al azar. La distancia entre su mirada y la mía se va acortando. Con disimulo me alejo. Me sigue. El tren abre sus puertas. Lo tengo a mi lado. Por instinto de supervivencia corro e intento subir en el último momento al tren. ¿Lo conseguiré? Ya ha sonado el silbato, las puertas me aprisionan. Un viajero me ayuda a traspasarlas. Respiro tranquila. Veo sus ojos a través de la ventanilla. Parpadea.

Un anciano al verme con tanta agitación me ofrece su asiento. Un joven no lo permite. Me acomodo y cierro los ojos. Lo que me faltaba. No contenta la vida con todos los problemas con que me obsequia, ahora me regala el acoso de un criminal. Ya no tengo fuerzas para luchar. El médico fue tajante y me recomendó mucho ánimo. ¡Qué fácil es dar consejos!

¡Perdón! No he escuchado lo que me ha dicho, le digo al anciano caballero que solícito me pregunta algo.

Miro hacia la puerta divisoria de los vagones. ¡Oh, Señor! Detrás del cristal están sus ojos. Miro alrededor. La salida la tengo a mano, en cuanto pare el tren me bajo y busco ayuda policial. No, mejor me quedo donde estoy. Entre tantas personas no se atreverá a hacerme daño. Sí, que se atreverá, me dice una voz interior. 

Aprovecho el tumulto para bajar. Veo venir a dos policías corriendo. Buena señal. Están a punto de atrapar al asesino. La estación comienza a dar vueltas. Pierdo el conocimiento. Al volver en sí, oigo a uno de los policías pedir una ambulancia, me mira, sonríe, pregunta mi nombre. Estoy a salvo.

¡Dios mío! Detrás del uniforme están esos ojos que me persiguen. Señalo con el dedo, no puedo hablar, intento levantarme. El agente se da la vuelta.

Señora… tranquila. Es solo un cuervo. 



© Marieta Alonso Más

domingo, 22 de enero de 2017

Amantes de mis cuentos: Ingratos

El coloso (1808)
Óleo tradicionalmente atribuido a Goya


Nació chillando y cuando le tocó crecer lo hizo a conciencia. Nadie en el poblado fue tan alto como él, ni tan gordo cuando le dio por comer. De joven, no hubo casa en la que no regara su semen. De mayor, a erudito nadie le ganaba cuando se ponía a despotricar contra las estupideces ajenas. 

Siempre inventando, hizo que todos los vecinos arrimaran el hombro en la construcción de un grupo de casas. Acabó con el adobe. Logró que trabajaran en el buen trazado de las calles, en el regadío, en la escuela, en el parque infantil, en el pabellón de deportes. Aquella aldea creció y creció porque repobló con gentes venidas de lejos para evitar la endogamia. Se convirtió en villa y luego en ciudad.  

No descansaba de pensar ni dejaba descansar a sus vecinos. Tras el auge urbanístico, creó la banda de música, talleres para las artes marciales, gremios de artesanos. 

Hasta un día en que se acostó y ya no volvió a estorbar por aquí, ni por allá. Sus vecinos sabían que no se andaba con medias tintas tocante a su manera de hacer las cosas, y aunque le enterraron bien profundo temían que su muerte no fuera para siempre. 


Por si las moscas, le hicieron un monumento de espaldas a su pueblo.  





© Marieta Alonso Más

lunes, 16 de enero de 2017

Nuevo Akelarre Literario nº 8: La Cruz del Sur













La Cruz del Sur



Esta constelación, y su estrella más brillante, son un símbolo de las culturas indígenas de América del Sur, así como para la de los maoríes, indonesios y malayos.

Normalmente referida como la Cruz del Sur, es una de las más pequeñas y famosas constelaciones modernas. Está compuesta por dos travesaños cruzados, de 4.2 y 5.4 grados de largo.

Prolongando cuatro veces y media la línea recta del eje principal, partiendo de su estrella más brillante, Acrux, al pie de la Cruz, se llega al polo sur, punto alrededor del cual gira en forma aparente la bóveda celeste.  Sus otras estrellas reciben el nombre de Becrux, Gacrux y Decrux.

¿Quieres leer nuestros cuentos?
Pincha en el link