miércoles, 22 de noviembre de 2017

Portadas de mis libros

Diseñadas por: Pablo Aguilera San Frutos 



¿Te gustan?

Pablo puede dibujar la tuya.

Ponte en contacto con él a través de:

aguilerasanfrutos@hotmail.com


domingo, 19 de noviembre de 2017

Amantes de mis cuentos: Sobre el anaquel

Samovar

El rumor del viento cada vez más fuerte brindaba esa sensación de frío que hacía arrebujarse en una manta y acercarse al samovar. Sentados a la mesa, frente a un cenicero de cristal de roca, el escritor y dramaturgo pensaba que los destellos del mismo iban al unísono de las voces de Sasha y Kolia.
Hablaban de dinero. Sasha su querido e inestable hermano daba cuenta de sus tribulaciones. Inteligente, más con ideas confusas, era un especialista en buscarse problemas. Su hermano Kolia, buen caricaturista y holgazán, entrelazaba sus quejas sin esperar su turno. Sus lúcidas mentes nunca les llevaron por un camino de responsabilidad, en su deambular, hallaron en el vodka mayor satisfacción.
El guirigay entre los dos hermanos llegó a su fin, despidiéndose después de haber conseguido lo que habían ido a buscar.
Quedó solo en la estancia. En la cocina se oían los ruidos habituales, la charla entre Eugenia, su resignada y llorosa madre y Masha, su absorbente hermana. Su mujer, Olga, se encontraba en San Petersburgo representando a Nina, la protagonista de una de sus obras. En una semana estarían juntos. Su recuerdo le hizo sonreír y un halo de tristeza le inundó por hallarse solo estando rodeado de tantas personas.
Con un suspiró se levantó en busca de papel. Nada mejor que escribir para ocupar su tiempo.
¿Qué estaría haciendo Olga? Quizás dormía después de una noche de trabajo, de cenas, de bailes. Terminaba agotada al tener que acostarse al amanecer. Era una mujer vital, apasionada. Una vez se enfadó con él cuando la llamó: “Mi fría alemana”. Su mujer le repetía hasta la saciedad que le amaba. Él sonreía… Y al igual que en sus cuentos no daba la razón ni la quitaba.
La verdadera pasión de su esposa era el teatro al que dedicaba más tiempo y esfuerzos. Era joven. Hablaba de remordimientos por abandonarle durante sus largas temporadas teatrales. Volvió a sonreír. El papel en blanco esperaba.
Levantó la mirada y sus ojos se posaron en la repisa donde un sobre llevaba escrito su nombre: Antón Pávlovich Chéjov. Sin dirección, sin sellos. Los ojos se le iluminaron, había encontrado un tema. Comenzó a escribir con parsimonia, lo corrigió una y otra vez… para legar al mundo uno de los cuentos más triste de Navidad.


© Marieta Alonso Más

sábado, 18 de noviembre de 2017

Nuevo Akelarre Literario en El Rincón de las Letras: Audio Relatos

Nuevo Akelarre Literario

Audio relatos 

Dos autoras y dos cuentos: 

"Exilio"de Cristina Vázquez

"Incomprendido" de Marieta Alonso


Podrás escucharnos desde el minuto 00:35:25
Pincha aquí debajo. En el link

http://ondaverderadiocomunitaria.blogspot.com.es/2017/11/el-rincon-de-las-letras-13-de-noviembre.html

Disfrutad de nuestros cuentos


miércoles, 15 de noviembre de 2017

Nuevo Akelarre Literario nº 26: La Alhambra de Granada



Tan reconocida es su fama a nivel mundial, tantos viajeros la visitan al año, y tanto se ha hablado y escrito ya sobre ella, sus estancias, rincones y jardines, que hasta sus leyendas contribuyen a su grandeza. Por eso este mes hemos querido unirnos a aquellos que la han distinguido con palabras a través de los nuestros cuatro relatos.


Pinchad aquí: 





Que los disfrutéis

domingo, 12 de noviembre de 2017

Amantes de mis cuentos: Video: El descubrimiento de América





Mi ahijado al que fue dedicado este cuento me sorprendió con este vídeo.

Muchísimas gracias, Pablo. 

Muchísimas gracias, mamá. 

Muchísimas gracias, Jaime.

¡Me ha encantado!

Espero que os guste tanto como a mí.

domingo, 5 de noviembre de 2017

Nuevo Akelarre Literario nº 18: La Playa de Almería


La Playa de Almería - Darío Regoyos y Valdés
Óleo sobre lienzo, pientado el año 1882

El pintor español Darío de Regoyos y Valdés, nació en Ribadesella, Asturias, el 1 de noviembre de 1857. Se trasladó en su juventud a vivir a Madrid, donde entró en la Academia de Bellas Artes de San Fernando, siendo alumno del belga Carlos Haes.

Invitado por sus amigos Enrique Fernández Arbós e Isaac Albéniz y siguiendo el consejo de su profesor, visitó Bruselas en 1879, en donde se matriculó en la École Royale des Beaux-Arts. Allí, recibirá clases del que se convierte en su verdadero maestro, el pintor belga Joseph Quinaux.

Compaginó sus viajes por Bélgica y los Países Bajos con sus visitas a España, en donde, en el año 1884, se instaló de nuevo. De estos viajes, se destaca su creciente relación con artistas vascos de formación francesa, como Ignacio Zuloaga, Paco Durrio y Pablo Uranga.

Su pintura evolucionó del naturalismo al pre-simbolismo, y finalmente, ya en su madurez, se mueve en un estilo próximo al impresionismo y al puntillismo, siendo, en cierta manera, más atrevida que Zuloaga y Joaquín Sorolla.

Su dibujo, un tanto primario, casi se puede decir que naif, contrasta con un colorido vivo de gusto internacional, que entonces era mayoritariamente denostado en España. En su pintura lo primordial es la luz y el color, advirtiéndose también un creciente simbolismo, pudiendo entenderse en ocasiones como íntima.

Pío Baroja dijo de él "que la espiritualidad estaba por encima de la técnica, como ocurre con los buenos pintores impresionistas, en contraste con otros paisajistas de su tiempo, que resultaban vulgares y fotográficos". Y Gustavo Cochet que "Regoyos es el poeta sensible y su pintura, exenta de toda literatura, es la expresión pura de la verdadera alma en su íntima y profunda realidad".




Pinchad aquí si os apetece leer nuestros cuentos

domingo, 29 de octubre de 2017

Amantes de mis cuentos: El mudo


Biblioteca de Mark Twain






A mis años recuerdo haber sido feliz por un instante. Hubo un chico dentro de mi cabeza al que parecía que yo le gustaba. Nunca lo supe a ciencia cierta. Miraditas, leves rozamientos, préstamos de libros, siempre a mi vera, pero palabras de amor o algo relacionado con ese verbo, ni por asomo. En cambio, yo lo amaba. Sé que parece cursi, pero es la verdad.

Una tarde de primavera, era víspera de exámenes, nos encontrábamos el grupo de clase sentados en la hierba, cuando alguien preguntó si sabíamos lo que se prometían uno al otro en la ceremonia matrimonial. Yo sí, yo también, dijimos al unísono los dos panolis. Y mirándonos a los ojos repetimos aquello de: Yo fulanita, yo menganito me entrego a ti…, para amarte y honrarte hasta que la muerte nos separe.

La emoción que nos embargó fue de tal calibre que nuestras miradas se eternizaron por dos minutos. Cerré los ojos y me vi ante el altar, vestida de blanco y recibiendo el beso tras “Os declaro marido y mujer”. 

Pasaron los años y terminamos los estudios. Se marchó a otro país. Yo seguí soltera. Nunca encontré a nadie, ni juez ni párroco, que me eximiera de aquella promesa que no fue refrendada por una firma.

Ayer, al cabo de cincuenta años, nos encontramos en la misma biblioteca, entre los paneles de marquetería. Se me cayeron los libros. El bibliotecario vino en mi ayuda, ninguno de los dos estábamos para agacharnos. Él me miraba con unos ojos desgastados por el tiempo sin musitar palabra. Sonreímos. Y fue como si nuestra promesa de amor se renovara.

© Marieta Alonso Más