domingo, 25 de febrero de 2018

Nuevo Akelarre Literario en El Rincón de Las letras. Audio Relatos



Nuevo Akelarre Literario

Audio relatos 

Tres autoras y tres cuentos: 

"La estrella que me guía" de Marieta Alonso

"Lilith" de Liliana Delucchi

"Tras la Puerta" de Malena Teigeiro


Podrás escucharnos en el minuto 00:52:12

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Disfrutad de nuestros cuentos

Onda Verde

domingo, 18 de febrero de 2018

Nuevo Akelarre Literario nº 29: El tren de la Estación del Norte


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El tren de la Estación del Norte

El transporte por vía férrea tiene esa pizca de romanticismo donde el ferrocarril, la literatura y el cine crean un triángulo amoroso irresistible. Todo puede suceder viajando por los carriles de hierro.

A finales del siglo XIX desde la antigua Estación del Norte iban y venían los trenes haciendo el recorrido de Madrid a Irún. Durante la Guerra Civil Española recibió numerosos impactos de artillería y la quiebra de la Empresa «Caminos de Hierro del Norte» provocó que el Estado tuviera que rescatar la red ferroviaria surgiendo un ente público y estatal, RENFE.

Ya no existe la Estación del Norte. En 1993 dejó de funcionar ––como tal–– para convertirse en la de Príncipe Pío, en la que confluyen trenes de cercanías, autobuses urbanos e interurbanos, metro de Madrid, además de un centro comercial y de ocio.

Este mes nos hacemos eco de historias que pudieron haber sucedido en esos vagones…


Disfrutad leyendo

miércoles, 14 de febrero de 2018

Amantes de mis cuentos: Virgo


El sábado pasado me iba a ir de viaje con Ignacio que tiene los pies bien puestos en la tierra, al menos eso es lo que dice su horóscopo. 
El avión de American Airlines esperaba tranquilo en la pista. Los pasajeros nos amontonábamos en lo que pretendía ser una fila ordenada frente al mostrador donde se pesan las maletas. La terminal aérea rebosaba de vida, empleados uniformados informando dónde dirigirse, empleados con monos azules manteniendo limpios los suelos pisoteados, empleados enseñando la manera de extraer el billete de las máquinas expendedoras. Caras de animación y bullicio en algunos y de aburrimiento para otros.
Una joven de cabellos rubios -no teñidos- hasta los hombros con grandes ojos claros bordeados de espesas pestañas, que se colocaba el pelo detrás de las orejas de forma constante, miraba distraída el tumulto que le rodeaba. Dos maletas formaban su equipaje. Al lado de sus maletas un señor calvo, gordo y fofo no hacía más que mirarla. A su vez ella posó sus delicados, ojos primero en mí y luego en Ignacio. Ten paciencia, querida, hasta el mes que viene no te lo dejo, le aconsejé a través de los míos.
Una familia, formada por el matrimonio y tres niños, viajaba a su lugar de origen después de una estancia de varios años en Madrid a tenor de lo que decían. Casi seguro tendrán que pagar sobrepeso.
Los bajos de los pantalones de los jóvenes barriendo el suelo, los vaqueros con el dobladillo deshilachado, el bastón con mango de carey, el ombligo al aire, los trajes de chaqueta, las zapatillas deportivas, las pamelas, los bolsos, el bolso de marca… Todo eso me entretuvo y cuando me di la vuelta la rubia de ojos claros hablaba animadamente entrelazando su brazo con el de mi Ignacio. Movía sus espesas pestañas a un ritmo frenético.
¡Qué desfachatez! Me puse en acción.

Dragón




© Marieta Alonso Más

domingo, 11 de febrero de 2018

Amantes de mis cuentos: Tono de voz

 

Lo que le gustaba a su abuela -la madre de su padre- era guardar las apariencias. Y su única nieta nació con una expresión dulce en la cara, pero agresiva en el hablar.

Todas las noches le pedía a la Virgen que le impusiera prudencia, que no fuera tan bocazas. Las oraciones, al parecer, no fueron escuchadas.

De nada sirvió que le enseñara el lenguaje del abanico -fue peor el remedio que la enfermedad- pues en las fiestas del pueblo mirando al hombre de su vida no dejó de abanicarse violentamente durante media hora para que no tuviera dudas acerca de la intensidad de su amor. El mancebo ni caso le hizo, hasta que le estampó el abanico en la cabeza y ante todos le preguntó si era tonto, porque bien que la apretaba cuando la llevaba al pajar.

La anciana abuela en su lecho de muerte le pidió que contara hasta diez antes de hablar, pero del consejo se acordaba cuando ya no había remedio. Al cabo de los años, a punto de jubilarse, cayó en la cuenta de cuánta razón tenía, al comprobar que sus amigos se apartaban al entrar en acción y alguno se atrevió a insinuarle que: el bufido es innecesario, Eusebia.

Ella es así, aunque no podrán negarle la cantidad de personas falsamente susceptibles que hay en este mundo. Mejor nos iría, si cuando haya que decir algo, se dijera. Cree que hoy se ha superado a sí misma. Esta mañana yendo en el tranvía para el trabajo un grupo de diez personas se fueron a bajar. Dándose cuenta de dónde eran, por la fisonomía y la forma de hablar, dedujo adónde querían ir.

Dos ya habían puesto el pie en la calle cuando su lado oscuro lanzó el berrido:

-¡Suban! ¡Aquí no es! ¡Ya les diré cuando tienen que bajarse!

Los que no habían bajado recularon despacio y los que estaban abajo subieron los escalones de espaldas. Se quedaron en silencio, mirándose de reojo y en su cara una expresión de sorpresa, preguntándose dónde les iba a mandar esa señora que no llevaba uniforme. Ellos lo único que pretendían -dijeron- era ir a su Consulado.

Les volvió el alma al cuerpo cuando les explicaron -mientras Eusebia se mordía la lengua- que para evitar caminar seis manzanas debían bajar tres paradas más adelante.




© Marieta Alonso Más

jueves, 8 de febrero de 2018

Amantes de mis cuentos: Tonto es el que hace tonterías

Botica medieval





A lo mejor soy el tonto del pueblo.
Me doy cuenta cuando me tratan de chico «prodigio» a la hora de mandarme hacer recados y de «mentecato» cuando no quieren que escuche las conversaciones. Siempre estoy de aquí para allá y de allá para acá. Tal vez me falte un hervor pero de ahí a chuparme el dedo, va un tramo.
Las mujeres del pueblo cuando se les olvida algo siempre tiran de mí. A mí me gusta hacer favores pero algunas ni las gracias me dan.
Lo que más me gusta hacer, es repetir, todo lo que oigo.
El boticario habla conmigo de vez en cuando, me pregunta cómo me va en mis visitas al prostíbulo. Yo le cuento todo lo que hago y él me aconseja. Es muy serio aunque a la hora de la partida si saludo oigo reír a sus amigos. Yo nunca he hablado de lo que mis amigas de vida alegre me comentan de él. Debe ir de incógnito porque nunca le he visto allí.
Mi madre siempre me dice que no divulgue nada de lo que hago, y mucho menos al cura, pero si no lo hiciera para qué iba a ir a confesarme. El cura habla de casas de lenocinio y me dice que no debo ir. A mi madre le parece bien, dice que así me desahogo.
A veces me gustaría irme del pueblo y conocer mundo pero mi madre dice que son bobadas, que lo que tengo que hacer es buscarme un trabajo. Habló por mí en una obra y el primer día me mandaron a cavar agujeros. Hice uno para que no dijeran. Y me echaron. Mi madre se estremeció cuando le explicaron que no hubo forma de que trabajara más. Me preguntó por qué lo había hecho ¿será tonta? Si trabajo son capaces de contratarme.


© Marieta Alonso Más

domingo, 4 de febrero de 2018

Amantes de mis cuentos: A discusión diaria


No soporto a mi madre, no soporto a mi suegra, no soporto al bobalicón de mi marido. ¡Y todos vivimos juntos en la misma casa! Somos hijos únicos por ambas partes, y a las dos madres se les ocurrió quedarse viudas a la vez.

Si le digo a mi marido: Ayúdame a recoger la mesa, mi suegra se levanta como un rayo sentenciando: Quédate sentado hijo, ya lo hago yo. A mi madre ni se le ocurre manifestar lo mismo a su hija, que soy yo, ella sigue con su labor de punto. ¿Y qué puedo esperar de mi Carlos, si besa a su madre enormemente agradecido y se pasa los fines de semana frente al televisor viendo el fútbol? Juro que ese deporte le tiene atrofiado el cerebro. Ni siquiera es forofo de un club, a él lo que le entusiasma es que el balón traspase la portería.

A veces pienso que no tuve buen ojo al elegirle, claro que lo que tenía en la aldea era para echarles de comer aparte. Mi madre siempre ha sido una mujer callada y dicen que lo único que se le escuchó comentar cuando nací fue: Es tan bonita que nos traerá problemas.  

Hoy las dos han comido antes, decidieron ir a ver juntas una película en la sesión de tarde. Aprovecho que estamos los dos solos ante la mesa para hablar seriamente con mi marido.

 -Estoy harta de trabajar. No me siento querida -le confío con voz entrecortada.

Me pone esa cara de buena persona que me altera hasta el infinito.

-¿Qué te pasa? -replicó levantando las cejas, confundido, algo molesto.

Por la ventana se escuchaba la voz de un hombre anuncio, vociferando, mientras le aclaraba:

-Me pasa que tu madre lo vuelve todo oscuro.

Y al levantar el vaso un destello de luz creó un reflejo en el cristal.

-Y ¿Qué me dices de la tuya?

No sé qué cara le pondría pero la voz me salió bastante suave para lo que estaba sintiendo.

-Querido, reconoce que vivimos en la casa de mi madre y la tuya ha declarado que no piensa dejarnos ningún recuerdo.

Se aleja la voz del hombre anuncio dejando un silencio agotador.

Haciendo gala de una gran lucidez, Carlos comentó con voz pausada:

-Querida, ¿merece la pena ésta conversación? Creo que mientras nuestras madres continúen respirando, discutiremos.

Le dio un beso para calmarla, cosa que no consiguió porque a ella, le parecía que toda la amargura de la vida estaba servida en su plato y, junto con el humo del hervido, de lo más hondo del alma le subían otras bocanadas de desabrimiento.


© Marieta Alonso Más