domingo, 8 de julio de 2018

Amantes de mis cuentos: Sombras del ayer (Versión francesa)

Des ombres de l'hier
 

Par un pur hasard -je veux le croire- j'ai rencontré au marché celui qui était mon premier et unique fiancé, l'Antonio, deux ans plus vieux que moi; il en a donc maintenant soixante-dix. Je ne l'ai pas reconnu à première vue. Cela fait beaucoup de temps depuis que je l’avais vu me tourner le dos à la fin de la rue du Pósito.

Sa présence après tant d'hivers m'a frappée après m’avoir rappelé avec amertume le motif de ces adieux. Il avait  laissé ma meilleure amie enceinte. Il est venu me dire qu’on l'obligeait à se marier et qu'ils quittaient  le village. Plus jamais je ne l’ai revu. Jusqu'à présent.

Après la surprise -je ne sais pas si agréable ou non- il m'a invitée à prendre un café sur la place. J'ai accepté en pensant qu'il n'était pas convénient qu'une femme adulte, comme moi, le gifle en pleine rue. C'est ce que m'aurait conseillé ma mère défunte, Dieu ait son âme, mais je n'ai pas son caractère. Et je suis ici, très bien assise après avoir lissé ma jupe, à l'attente de ce qu'il ait à me dire.

Lui, très hypocrite, a commencé par me dire qu’il me voyait comme toujours. Oui, avec cinquante ans et encore trente kilos de plus, je lui ai répondu. Il n’a pas réagi à ma moquerie. Il s’est souvenu du pot-au-feu castillan que faisait ma grand-mère -qui repose en paix elle aussi- avec sa farce spongieuse et le chou-fleur cuit si délicieux. Il me regardait comme si j'étais l'un de ces ingrédients qui le faisaient soupirer. Je me suis émue.

Je continuais assise très droite sur ma chaise en entendant le bruit de ses mots et en observant un moineau avec un morceau de pain plus grand que lui; à un léger mouvement de mes jambes, l’oiseau eut peur et s’envola sans lâcher sa proie. Je me mis à l’écouter. Maintenant, ce vieux ridé, qui fut mon fiancé dans sa jeunesse, me racontait qu’il était veuf depuis six mois , qu’ils n'avaient pas eu d'enfants et que cette grossesse avait été une fausse alarme.

La mère de ma meilleure amie était astucieuse! Et je l'ai vue au bal, animant l'Emeterio, le sot du village, à me faire danser, ce que j'ai fait parce qu’il était gentil avec moi; à la fois elle poussait mon fiancé à danser avec sa fille. Quelques années plus tard, je lui fermais les yeux sur son lit de mort  et elle me demanda pardon. Je ne savais pas de quoi elle me parlait.

Ma noce fut gâchée et ma mère, qui repose en paix, sans dire un mot  -je l’en remercie-, prit mon trousseau et le rangea dans l'armoire de la grand-mère, peint de vert clair, et le ferma à clef. Je ne sus jamais la cachette …

- Eh, Antonia! dit-il, tu ne m'entends pas ?

- Excuse-moi, je ne te suivais pas…….

- Je te disais que …

Si mon oncle Alberto apparaissait sur sa jument rusée, dont il ne descendait jamais, même s’il pleuvait, s’il neigeait ou il grêlait, et me voyait seule, écoutant ce "connard", comme il l'a toujours appelé, il me prendrait par le bras et d’un coup il m’installerait à sa croupe. Mais personne de ma famille ne vit pour le mettre à sa place.

Comme je me souviens de son premier baiser! Et du deuxième, et du troisième … Tous subsistent à travers le temps. Je n'ai jamais oublié les messes dominicales dans la paroisse de Saint-Pierre , qui n'existe plus, quand sa jambe frôlait la mienne. Je l’ai regardé avec dissimulation et l'ai trouvé appuyé sur sa canne, en train de philosopher …

- Maintenant, Antonia, nous sommes dans le troisième âge.

-Oui. On appelait ainsi la vieillesse avant- et j'ai papilloté des yeux comme quand j’étais jeune et je voulais lui faire une blague.

- Sais-tu ? L'arthrose est l'un de mes maux, me dit- il comme s'il voulait m’inspirer de la pitié.

Je vois venir au loin une personne connue. C'est l'Emeterio qui marche en silence,  un pied devant l'autre sans perdre l'équilibre. Les années ne semblent pas passer pour lui. Il me regarde avec étonnement, glisse son regard vers l'Antonio, crache et dit  lentement:

-Je viens d’arracher les mauvaises herbes dans le verger, et je t’apporte quelques tomates en cadeau -jetant  un coup d'oeil au compatriote de la tête aux pieds, il  exclama-. Que la végétation est mélangée!!!
Il vient à côté de moi, il me tend son bras que j'ai pris en le remerciant et il dit, en argumentant comme s’il était un grand savant: “la vie tourne lentement par ici et tout intrus me parait hostile”.

Traducida por: 

María Ramírez Sánchez nació en Melilla y con 8 añitos se fue a vivir a Oujda, una ciudad del entonces protectorado francés del norte oriental de Marruecos, a muy pocos kilómetros de la frontera con Argelia.

Con 21 años se vino a Madrid, donde ha trabajado haciendo traducciones francés-español hasta su jubilación, y donde ha formado una bonita familia de la que se siente muy orgullosa.

Un millón de gracias María.


Sombras del ayer


Por puro azar —quiero creer— tropecé en el mercado con el que fuera mi primer y único novio, el Antonio, dos años mayor que yo, por lo que ahora tiene setenta. No le reconocí a bote pronto. Ha pasado mucho tiempo desde que le había visto dándome la espalda al final de la calle del Pósito.

Su presencia después de tantos inviernos me golpeó al recordar con amargura el motivo de aquella despedida. Dejó embarazada a mi mejor amiga. Vino a decirme que le obligaban a casarse y que se marchaban del pueblo. Nunca más volví a verlo. Hasta ahora.

Tras la sorpresa —no sé si agradable o no— me invitó a tomar un café en la plaza. Accedí pensando que no era propio de una mujer adulta, como yo, asestarle una bofetada en plena calle. Es lo que me hubiera aconsejado mi difunta madre, que en gloria esté, pero no tengo su carácter. Y aquí estoy, muy bien sentada después de alisar mi falda, a la espera de lo que tenga que decir.

El muy hipócrita comenzó con que me veía igual que siempre. Sí, con cincuenta años y treinta kilos más, le respondí. No le afectó la sorna. Recordó el cocido castellano que hacía mi abuela —que en gloria también esté— con su relleno esponjoso y la sabrosa coliflor en su punto. Y me miraba como si fuera uno de aquellos ingredientes que le hacían suspirar. Me emocioné.

Yo seguía sentada muy recta en la silla oyendo el runrún de sus palabras y observando a un gorrión con un trozo de pan más grande que él, que a un ligero movimiento de mis piernas, asustado, salió volando sin soltar su presa. Puse atención. Ahora, aquel arrugado viejo que de joven fue mi novio, me contaba que hacía seis meses había enviudado, que no tuvieron hijos, que aquel embarazo fue una falsa alarma.

¡Qué lista la madre de mi mejor amiga! Y la vi en el baile animando al Emeterio, el tonto del pueblo, a que me sacara a bailar, lo que hice por lo bueno que era conmigo, a la vez que invitaba a mi novio a bailar con su hija. Años más tarde me tocó cerrarle los ojos y me pidió perdón. No supe en aquel entonces a qué se refería.

Cuando mi boda se fue al garete, mi madre, que en paz descanse, sin emitir sonido —cosa de agradecer— tomó mi ajuar y al «sobrao». Todo lo fue colocando con detalle en el armario de la abuela, el pintado de verde claro, y lo cerró con llave. Nunca averigüé el escondite…

—¡Eh, Antonia! ¿Es que no me oyes?

—Disculpa, se me fue el santo al cielo.

—Te decía que…

Si mi tío Alberto apareciera sobre su taimada yegua, de la que no se bajaba, así lloviese, nevase o apedrease, y me viera sola, prestando oídos a lo que hablaba aquel «huevón», como siempre le llamó, me tomaría del brazo y con un enérgico impulso me subiría a la grupa. Pero nadie de mi familia está entre los vivos para ponerlo en su sitio.

¡Cómo recuerdo aquél primer beso! Y el segundo, y el tercero… Todos perduran a través del tiempo. Nunca olvidé las misas dominicales en la parroquia de San Pedro —ya no existe— cuando su pierna rozaba la mía. Miré con disimulo y lo encontré apoyado en su bastón, filosofando…

—Ahora, Antonia, estamos en la tercera edad.

—Sí. Así llamamos a la vejez de antes. —Y parpadeé como cuando era joven y quería gastarle una cuchufleta.

—¿Sabes? La artrosis es una de mis tantas peplas —comenta como si quisiera inspirar lástima.

Veo venir a lo lejos una figura conocida. Es el Emeterio que silencioso y tardo, camina poniendo un pie delante del otro sin perder el equilibrio. Los años no parecen pasar por él. Al llegar me mira asombrado, desliza su torva mirada hacia el Antonio, escupe y declara con parsimonia:

—Vengo de desyerbar en la huerta, y te traigo de regalo unos tomates —echándole un vistazo al paisano de la cabeza a los pies, exclamó—. ¡Hay que ver lo promiscua que es la vegetación!

Se coloca a mi vera, me tiende su brazo, que tomé agradecida, y argumentando como si de un gran sabio se tratase, soltó: «La vida rueda con serenidad por estos lares y todo intruso se me hace hostil.»


domingo, 1 de julio de 2018

Amantes de mis cuentos: La colina enamorada

La Alhambra


Me llamo Sabika y aunque algunos solo me ven como una loma, un cerro de las últimas estribaciones de Sierra Nevada, tengo un corazón que nunca entregué ni se amilanó ante los romanos cuando vinieron a fundar sus poblados y me pisotearon. Tampoco crean que me dejé avasallar por las riquezas de la corte del reino Nazarí de Granada, aunque debo confesar que tengo un punto de orgullo por tener a mis pies la única ciudad palatina que atesora lo más hermoso del arte musulmán. Ese castillo rojo que tantas visitas recibe, esa fuente de los Leones simbolizando las doce tribus de Israel, esas torres…

Mas mi corazón galopó detrás de un cristiano que me conquistó para después marchar en busca de un mundo desconocido. Me prometió regresar y en esa espera estoy desde entonces. Algo le habrá tenido que ocurrir, pues era hombre de palabra.

Extenuado, a la caída de la tarde, me hacía reír pensando que yo era pasiva y femenina al igual que la tierra y el agua, en cambio, él era activo y masculino como el aire y el fuego. Y yo le sugería que no se durmiera en los laureles, que la tierra y el agua pueden llegar a ser brutales cuando dan rienda suelta a su poderío.

Acostado sobre mí reconocía que su mayor anhelo era que se restableciera la paz, que pertenecer a las huestes castellanas podría ser un orgullo, pero que el ansia por volver a su pueblo y fecundar la tierra de sus mayores -que era lo más bello- se le hacía irresistible.

Añoraba aquella su niñez, cuando un azote en el culo era muestra de cariño, cuando cualquiera del pueblo tenía derecho a echarle una buena regañina. Y al llegar a casa recibía el castigo de su madre porque ya le habían ido con el cuento de sus travesuras.

Una vez, junto a sus amigos tuvo una feliz idea: hacer de barberos en los rosales de la rica del pueblo, aquella mujer que tenía una vaca, un gorrino y tres gallinas más que los demás y para que no la vieran trabajar salía de madrugada a darles de comer, limpiar su casa, hacer la comida, y luego, desde su oscuro sillón de caoba al pie de la ventana, tejía visillos, mantas… Nada que ocurriera en la calle podía sortear su mirada de águila. Aquella mujer no quiso enseñarle a su única amiga el punto a ganchillo de una colcha, que hizo para su cama de matrimonio ni aquella receta de arroz con leche de su abuela. Más tarde lamentaba haber perdido su amistad y la otra arremetía con esta queja: ¿Qué puedo esperar de alguien tan poco generoso que nunca me brindó un vaso de agua? ¿Pensaría que la iban a echar en la tumba su dinero para seguir siendo la más rica del pueblo? Y reía al recordar mientras jugueteaba conmigo.

Interrogo a la torre de la Vela, a los Arrayanes si le ven venir y me pregunto si allá donde fue encontró lo que buscaba o si en el intento quedaron enterrados sus sueños.



© Marieta Alonso Más

domingo, 24 de junio de 2018

Nuevo Akelarre Literario en El Rincón de las Letras. Audio Relatos



Nuevo Akelarre Literario 2018

Audio relatos 

Tres autoras y tres cuentos: 


"Vocación"de Cristina Vázquez

"¿Quién eres?" de Liliana Delucchi

"Siempre te querré" de Marieta Alonso


Podrás escucharnos desde el minuto 00:38:35

Pincha aquí debajo. En el link


Disfrutad con ellos

domingo, 17 de junio de 2018

Nuevo Akelarre Literario en El Rincón de las Letras. Audio Relatos


Audio relatos 

Tres autoras y tres cuentos: 

"¡Qué dulzura!" 
Cristina Vázquez

"15 de octubre" 
Malena Teigeiro

"Toda una vida"
Marieta Alonso


Podrás escucharnos a partir del minuto 00:29:19

No os lo perdáis




sábado, 16 de junio de 2018

Nuevo Akelarre Literario nº 33: Restaurante Lhardy



El famoso restaurante Lhardy entra en su tercer siglo de existencia en la misma casa de la Carrera de San Jerónimo donde abriera sus puertas en 1839.

Gran parte de la historia de España se ha tramado entre la elegancia de estas paredes, bajo sus lámparas que evocan la etiqueta y solemnidad del romanticismo, y en torno a sus manteles que continúan subrayando los más delicados refinamientos gastronómicos.

En este ambiente inalterable, con el estímulo de manjares y amores, se han decidido derrocamientos, repúblicas, restauraciones, regencias y dictaduras.

El tiempo que pasa y vuelve, retorna siempre a los comedores de Lhardy, a la intimidad del salón blanco y a la fantasía oriental, ensueños coloniales del comedor japonés, para seguir tejiendo la historia secreta de España pero, sobre todo, pasado y porvenir se funden en la luz indecisa del famoso espejo, donde nuestras imágenes conviven con las sombras de personajes que allí se reflejaron.



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Disfrutadlos