domingo, 26 de marzo de 2017

Amantes de mis cuentos: Sonidos en la noche



El zumbido de la ambulancia y la luz giratoria que incidía en el techo de mi dormitorio me sacaron del duermevela en que me encontraba. Mi marido no estaba en la cama. Eran las tres de la madrugada. 

Posiblemente tendría trabajo en la oficina. 

Desde hace medio año se ha incrementado su quehacer y el pobre no tiene un minuto de reposo, ni siquiera para llamarme por teléfono. 

Esa luz de aviso, esa sirena indicaban que algo sucedía en mi calle. No tenía por qué haberle pasado nada a Pepe, si se quedaba en la oficina era precisamente para no adentrarse en la noche, en esas horas violentas que cualquiera sabe lo que puede pasar.  

Oía voces debajo de mi ventana. Salí al balcón quedándome en la zona oscura para no ser vista. El alumbrado público es un desastre cada dos farolas una está apagada y las sombras corren por las fachadas de los edificios como si huyeran. 

Mi gata vino hacerme compañía. Había mucho alboroto, muchas personas asomadas. Los policías iban de un lado a otro. Sonó un disparo. Vislumbré a una vecina en la acera. 

El teléfono ¡Qué raro! Descuelgo y una voz varonil susurra:

-¿Bea? 

-Se ha equivocado de número. Lo siento. –dije y colgué.

Volvió a sonar. No me dio tiempo a atenderlo. Un dedo se había quedado pegado en el timbre de la puerta.

-¿Quién es?

-María. Tu vecina.

Abro de inmediato. En pijama me contó que el perro del portero de enfrente se volvió loco y ha mordido a su amo y a un policía. No hubo más remedio que matarle porque enseñaba los dientes a todo aquél que se le acercaba.  

El teléfono de nuevo.

-¿Bea?

-Le he dicho que aquí no hay ninguna Bea.

-¿Cómo te llamas? 

Era una voz insinuante.

-A usted qué le importa –y enfadada corté la conversación. 

-No quiero asustarte pero desde hace días también me llaman. Dicen que son cacos para comprobar si hay alguien en casa.


Nos acercamos al mirador al escuchar un gran silencio. Ya se han marchado todos. El vecino de enfrente nos sonríe, con el móvil en una mano saluda y con la otra cierra la puerta de su terraza.






© Marieta Alonso Más

domingo, 19 de marzo de 2017

Día del Padre en España

José de Nazaret pintado por Guido Reni 

Feliz día de los Padres.

Feliz día a todos los José, Pepe y Pepito


¡Disfruten!






Marieta y Ángeles

Amantes de mis cuentos: Toda una vida

Norman Rockwell (New York, 1894-Stockbridge, 1978 - USA)

Francisco, así se llamaba el campanero, cumplía sesenta y cinco años y cuando, como todos los días, fue a repicar para que los alumnos formaran fila en el patio del colegio, se encontró abrazada a la campana una cinta que le deseaba un feliz cumpleaños. 

Estos chicos no tenían nada mejor que hacer, pensó. Quitarla le costó un gran esfuerzo. Y mientras lo intentaba, se vio con cinco años y a sus padres hablando de dinero, como siempre. Se vio entrando en aquel colegio público donde cursó los seis años de primaria. Se vio en cama pasando la poliomielitis, que le dejó una pierna más corta que otra, y otras dolencias de las que mejor no hablar. Se vio haciendo los cursos de secundaria básica, estudiando Pedagogía, pero lo cierto es que no llegó a graduarse. Todo se fue al garete el día en que el director del colegio entró en el aula y le llamó por su nombre y los dos apellidos y tembló al echar la paletada de tierra en la tumba de sus padres, a los que, literalmente, les partió un rayo. 

Su vida se complicó. Había que comer. Había que trabajar. ¿En qué? El director dio con la solución. Sería el guardián del colegio. El río de la vida le fue arrastrando por la corriente de la enseñanza sin participar en ella. Aprendió a arreglar una puerta desvencijada, el tejado no volvió a tener goteras, los suelos de las aulas y de los pasillos servían de espejo. Y aquella campana que por haberse roto el badajo había dejado de funcionar cuando él no había nacido y que sustituyeron por un vulgar silbato, volvió a dejarse oír. 

Es el típico solterón, comentaban los alumnos de más edad, pero se equivocaban. Se había casado una vez, con una chica encantadora que murió de parto.  

Llegó la jubilación. Hubo un banquete de despedida, una mesa larga, muy larga, que formaba un cuadrilátero, se llenó de vasos, platos y cubiertos de plástico. Allí estaban reunidos el claustro de profesores, los alumnos de ese curso y los antiguos, que no se quisieron perder tan gran ocasión. Estaba a rebosar aquel patio que guardaba tantos recuerdos. Recibió regalos que no le cabían entre los brazos. Se pronunciaron discursos y el último fue el suyo.

Carraspeó y estrujándose las manos confesó, entre otras cosas, que nunca olvidaría sus rostros de niños, de adolescentes, que si Júpiter tuviera a bien devolverle los años pasados, volvería a ser lo que había sido. Terminó con una sorpresa. Traía un regalo para la Biblioteca. Un libro de cuentos escrito en sus horas de ocio. En él cada uno de los alumnos podría sentirse identificado con algún personaje. 

Se sentó emocionado mientras una gran ovación rompía el silencio y se escuchó una voz: 


 “Larga vida al escritor”.




© Marieta Alonso Más

jueves, 16 de marzo de 2017

Nuevo Akelarre Literario nº 10: El tramposo del as de tréboles - George Latour



George de la Tour. Nace el 13 de marzo de 1593 en Vic sur Seille, Lorena, y muere el 30 de enero de 1652.

Poco se sabe de su primera formación en Lorena, aunque posterior documentación lo muestra desabrido en lo personal y reconocido en lo profesional. Trabajó para el Duque de Lorena y fue nombrado pintor de Luis XIII. Fue un pintor olvidado y redescubierto a finales del siglo XIX.

Su influencia de Caravaggio hace pensar en un viaje a Italia y quizás también a los Países Bajos. Es el más famoso de los tenebristas franceses y su pintura sorprende por su lirismo, sobre todo en las escenas nocturnas.

El tema del cuadro que os presentamos este mes es el engaño, influenciado por dos obras de Caravaggio. La escena la componen un lechuguino, el tramposo y dos mujeres, una prostituta y su criada que tientan al joven con sus encantos, a la vez que lo emborrachan para que no se percate del engaño.




Pinchad aquí para leer nuestros cuentos

domingo, 12 de marzo de 2017

Amantes de mis cuentos: Lenguaje meteorológico







Por las noches, en mis sueños, giro y giro igual que la hermosa Cruz del Sur. Amanezco desnuda, con la almohada y las sábanas por el suelo. No es un problema en el verano, pero en el invierno, gripe segura, decía mi abuela que gustaba de contarme cuentos de su tierra, de allá, de ese hemisferio sur tan lejano para mí y tan cercano para ella. 

Mientras estuvo conmigo no recuerdo haber soñado, pero nada más morirse, esa misma noche la vi en el cielo envuelta en una constelación que contenía nada menos que una cruz, tirándome los brazos para que me rebujara en ellos. Unas ansias inmensas de recostarme en su hombro recorrió todo mi cuerpo.  

Trabajo me costó volver a dormir. 

«Un ñandú macho, parecido al avestruz, pero no igual −recalcaba mi abuela sentada sobre una estrella−, encontrarás dentro de unos años en tu camino. Para saber si él te querrá tanto como yo, debes buscar un arco iris. Cuando lo localices te sientas en una piedra y cada color te interrogará. El rojo con voz aflautada te hará preguntas acerca de los entresijos de la historia; el naranja con voz de tenor te sondeará sobre gramática; el amarillo con voz de soprano averiguará lo que sabes de geografía; el verde con voz de barítono cuestionará tus conocimientos del medio ambiente; el cian con voz de mezzo-soprano querrá saber sobre tu forma de ser, tus sentimientos, no le mientas. El azul oscuro con voz de bajo estará interesado en cómo te comportas con amigos y extraños, y el violeta con voz de contralto hará un repaso de tu comportamiento con la familia. Tras ese exhaustivo examen, el arco iris te dejará subir por los peldaños que te conducirán hasta donde estoy esperándote. Al llegar a la mitad del camino, justo en ese momento, el ñandú gritará tu nombre para que bajes. Querrá decirte algo importante. No te muevas. Es él el que debe subir. Los ñandúes son incapaces de volar pero si se raja, si se echa para atrás en sus sentimientos hacia ti, se tirará al mar. En cambio, si te quiere, a pesar de las dificultades, llegará a tu lado». 

La imagen y las palabras de mi querida abuela se diluyen y aparece un avestruz que va tomando la cara de Gonzalo, un compañero de sexto curso de primaria. ¡Guapo, guapo, como actor de cine! Es el novio de mis mejores amigas y a las que intento no envidiar. Me despierto sobresaltada con una gran sensación de vacío. ¡Ay abuela! ¡Qué difícil me lo has puesto! De los siete colores solo el violeta me dará el aprobado, si acaso. 






© Marieta Alonso Más

domingo, 5 de marzo de 2017

Amantes de mis cuentos: El color de la esperanza



De entre las nubes surgió un brillante rayo de sol que iluminó la casa abandonada. La ventana verde abierta le recordó su niñez. Se vio asomada al tragaluz de su buhardilla, aquél por el que sin grandes esfuerzos, saltaba para colgarse de su rama preferida y balanceándose, llegar hasta el tronco por el que descendía sin que sus padres se percataran de su ausencia. Sonrió. La comisura de sus labios lanzó un quejido, tanto tiempo sin sonreír, justo un año desde que la tragedia se presentó sin avisar.  

Volvió a escuchar el ruido seco del tren de aterrizaje al chocar contra la pista. Era como la voz del trueno, por eso se tapaba los oídos, cuando las tormentas irrumpían su silencio. Sí, ése fue el ruido que escuchó por la televisión en el momento en que daban la noticia y mostraban aquellas horribles imágenes. Su marido e hijo volvían en aquel avión.  

¡Qué hacía desde entonces! Caminar, caminar, caminar sin rumbo. De lunes a viernes tenía todas sus horas ocupadas…, pero los fines de semana se le hacían interminables. ¡Maldito ocio!  

Una bandada de mariposas comenzó a revolotear por encima de su cabeza llamando su atención y la fue guiando por aquel sendero hasta la misma ventana. Se introdujeron por ella, pero como no las siguió regresaron, la rodearon y entraron de nuevo, así hasta tres veces. Petrificada se quedó. ¿Qué le querrían decir?

Volvió a la senda. Y detrás suyo la nube de mariposas ¡Qué pesadas! Persistentes la fueron llevando hacia un lateral de la casa donde había una puerta entreabierta y repitieron lo de entrar, salir, rodearla y volver a entrar. Intrigada empujó el portón, le extrañó que no chirriara, era como si estuviera en uso.

Un bebé envuelto en una manta verde de rayitas blancas, dentro de un canasto posado sobre la única mesa, dormitaba. Y a su lado un papel, escrito con letras mayúsculas y faltas de ortografía, rogaba a quien lo encontrase que no lo abandonara, que le diera, por favor, un poco de cariño y la oportunidad de vivir. Buscó a las mariposas. Habían desaparecido.  





© Marieta Alonso Más


domingo, 26 de febrero de 2017

Amantes de mis cuentos: Escalinatas de ensueño

La escalera de Bramante 

Las amaba. Sentía tal frenesí ante cualquier escalera que le era imposible proseguir su camino. Por eso cada vez que se topaba con una, aunque no tuviera necesidad, las subía y las bajaba. Al ascender iba despacio; el esfuerzo y los jadeos la obligaban a sentarse al llegar arriba. Descansaba. Ya con el corazón a su ritmo se ponía en pie, acariciaba con el índice la barandilla, vertía besos al aire y con los ojos cerrados, descendía los peldaños con mesura, al compás de una música imaginaria. Esa cachaza que despilfarraba en cada grada, hacía que le llegasen historias de terror, cuentos amorosos, que la cubrían de los pies a la cabeza.

Estando en Ciudad del Vaticano, al final de su recorrido por el museo, se dispuso a bajar por la mal llamada escalera de Bramante. Ejecutó su ritual y la inundó una paz que fue truncada por dos voces varoniles enzarzadas en una pelea. Miguel Ángel y Julio II estaban de nuevo discutiendo: que si ya tenía que haber terminado, que si aún estoy esperando el pago, que si usted es víctima de su propio carácter, que si no le perdonaré jamás haberme golpeado con el bastón, que si vos no sois quién para contestar así a vuestro Pontífice…

Tan vívidas fueron las imágenes y las palabras, que quiso interceder. Abrió los ojos. Nadie a su alrededor. Las voces se fueron acallando. Eran solo murmullos que se filtraban por los poros del granito. Cerró los ojos. 

Unos cuantos escalones más abajo, escuchó unos pasos quedos. Eran Bramante y Rafael que le pasaron por encima como si ella no existiera, y que, amparados en la oscuridad de la noche, iban a espiar el trabajo de la Capilla Sixtina. 

Siguió bajando y observó cómo Miguel Ángel gesticulaba ante el Papa, acusando a Bramante de haberle robado las llaves. Se solucionó la crisis y el gran pintor volvió a su bóveda.  

De pronto, un grupo de turistas irrumpió en su soledad y a empujones, la llevaron hasta al último estribo. Lástima de barahúnda. 





© Marieta Alonso Más