domingo, 11 de noviembre de 2018

Amantes de mis cuentos: Aquellos paseos de la niñez



‒Va a llover ‒decía el abuelo y la madre corría a quitar la ropa de la tendedera.

Ya no pregunta ¿Cómo sabes que va a llover? ¿Para qué? Si en menos de cinco minutos caía el chaparrón anunciado. ¿Es que no hueles la lluvia? Y daba tres golpes con el bastón como quien no se explica que algo tan obvio no lo viera.

A pesar de todos sus achaques llevaba al nieto a recoger níscalos y el chico corría y corría con los brazos abiertos al viento, y la cesta vacía bailando desde el hombro a las manos. Le regañaba porque sin querer pisaba toda clase de hongos. El pequeño era incapaz de verlos debajo del musgo, el anciano sí, y eso que su vista no era tan buena como antaño.

Luego desandaban el camino. El mayor con la cesta llena y su cayado. El pequeño saltando a su alrededor. Si había que cruzar un arroyuelo le tomaba de la mano y el niño sentía aquellos dedos que raspaban, y aún así eran pura ternura.

‒No grites. Si chillas no podrás oír el sonido de las hojas secas.

Poco caso le hacía.

‒Abuelo, ¿Ya estamos en primavera?

‒No. Primero se tiene que ir el otoño, luego hay que pasar el invierno. Y de pronto, sin avisar, llegará la primavera, tímida como si tuviera que pedir permiso por iluminarlo todo, por rejuvenecer, por verdear y dar color, por regalarnos días más largos.  

Y se quedaba pesaroso pensando si tendría la suerte de disfrutar una nueva primavera. No hay nada como la naturaleza, decía, y recordaba cuando con el pie hacía asomar esa violeta, esa amapola, esa margarita que anunciaba la nueva estación tras las heladas y las nieves del crudo invierno.

Ya en el pueblo entraban en el bar, el viejo se tomaba un vino, el chiquillo unas rosquillas, mientras alguien le saludaba: ¿Cómo va la vida, Farandolas? Y él quitándose la gorra contestaba:

‒Feliz con mi nieto al lado.

Y justo en ese instante, el pequeño levantaba el mentón y miraba con orgullo a quien no se cansaba de demostrarle, que él era su más preciado tesoro.



© Marieta Alonso Más 

domingo, 4 de noviembre de 2018

Amantes de mis cuentos: La magia de las palabras

Princesa Jacinta. Alphonse Mucha




En aquellas tardes, siendo niña, cuando la bruma ocultaba el cielo, la lluvia caía a borbotones, y estallaban los relámpagos iluminando la habitación, cuando era imposible salir a pasear por el parque, ni escuchar la trepidante melodía de las hojas de los árboles, ni la confusa conversación de las hormigas… Me echaba a temblar.

Pero ella, mi cálida niñera, ahuyentaba el miedo acurrucándome en sus brazos. Era más alta de lo normal, fuerte como un ogro, sin carne en los huesos, desgarbada, con el pelo pajizo y un ojo a la virulé, pero con tanta imaginación que conseguía que me viese como una altiva princesa, una despiadada pirata, una bella mendiga.

Iba apagando luces y encendiendo velas por aquí y por allá, las sombras acudían a mi alcoba, y atrapándome en sus brazos como una muñeca de trapo me acomodaba en la silla de ruedas, y enredaba mis cabellos elaborando extraños peinados mientras en voz muy baja comenzaba: Érase una vez...

Y todo peligro desaparecía al vislumbrar en el espejo a una joven bonita, elegante, famosa, sentada indolentemente y con una corona de estrellas. Era tan vívida la imagen que ni siquiera advertía las luces de los rayos.

Tras el relato, el susurro de una canción popular y mi cabeza entonces principiaba a oscilar de arriba a abajo. Momentos después era por la mañana, y amanecía en mi cama bien arropadita, el sol dando en mi ventana y sin rastro de tormenta. Ella a mi lado tapando mi cara con la almohada y llamándome perezosa pretendía que espabilara. Todo era un juego: la hora del baño, vestir el uniforme, el trayecto hasta la escuela…

La pre-adolescencia trajo nuevos aires y aquel carácter alegre y sumiso se tornó en enojo contra el mundo, y fue cuando por vez primera se puso seria mi tata, y prohibió tajantemente que me dejase llevar por la ira. Mi respuesta fue un amago de bofetada, pero como no se andaba por las ramas, me asió de los brazos con fuerza y amenazó con tal voz salida de las cavernas, que por un momento me quedé más paralizada, si cabe.

No iba a permitir que acarrease con esa amargura, por el simple hecho de ser diferente, me dejaría sin dientes del trompón que me iba a dar, aseveró. Y era capaz de hacerlo. El miedo a las tormentas no fue nada ante esta amenaza.

Hoy, siendo una mujer adulta, la he acompañado a enterrar, y sentí que volvía a ser aquella pequeña princesa que era ante sus ojos, y me encontré agradeciéndole haberme enseñado que son los sentimientos y no el físico, los que nos hacen crecer en bondad, estatura y saber.


© Marieta Alonso

miércoles, 31 de octubre de 2018

¡Juguemos con las palabras! Una nueva andadura




EL RINCÓN DE LAS LETRAS 

¡ESTRENA NUEVA SECCIÓN! 

"JUGUEMOS CON LAS PALABRAS" 

COORDINADO POR MARIETA ALONSO. 

LA ACOMPAÑAN LOS ESCRITORES:

JOSÉ CARLOS PEÑA 

Y

BLANCA DE LA TORRE. 


Pinchad en el link y disfrutad

http://ondaverderadiocomunitaria.blogspot.com/2018/10/el-rincon-de-las-letras-29-de-octubre.html


Es nuestro primer programa en la Radio. Esperamos que os guste. Enviad vuestros cuentos. Participad. Comentad qué os ha parecido.

Un abrazo quebrantahuesos de parte de Blanca, José Carlos y mío propio, desde El Rincón de las Letras.

¡Queremos que disfrutéis!

domingo, 28 de octubre de 2018

Amantes de mis cuentos: Una escapada

El nacimiento de Venus
Sandro Botticelli, 1484



¡Estoy harta de limpiar!
¡Estoy harta de ser una abnegada esposa!
¡Estoy harta de…!

Y le entró el gusanillo de experimentar emociones fuertes que la hicieran sentir viva, pero estaba tan cansada que se echó en el sofá. No tardó nada en quedarse dormida y soñar con su mejor amiga, a la que le daba consejos de moralidad y la que se reía ante sus narices, por ser tan pavisosa.

Tenía razón. Lo era. Siempre había hecho lo correcto.

¡Se acabó! Imitaría a su vecina que con su experiencia la sacaría de su rutina diaria. Según contaba, a saber, si era verdad, de lunes a viernes se acostaba con cinco hombres distintos, el sábado se iba de discoteca en busca de los de la semana siguiente, para descansar el domingo.

La llamó. Ya era hora, contestó. Después de instruirle en el arte de mentir a su marido, en cómo maquillarse y estar sexy en el vestir, se adentraron en la noche.

Ni de joven tuvo tanto éxito. Hasta pudo elegir uno entre tres que después cambió por otro y así sucesivamente. No lograba encontrar el príncipe azul, ni al fogoso anarquista, ni al distraído intelectual. Por fin halló uno, intachable en el físico que era lo que quería, muy callado, mejor; para hablar ya tenía a su marido.

La adentró en un mundo de piruetas que ni siquiera sabían que existían. Total… para al final quedarse dormido igualito que su Paco. Miró las cuatro paredes y se sintió como quien va a un peluquero famoso y sale con el pelo chamuscado.

Y esto era vivir al límite… ¡Grrrr! Aquellos ronquidos parecían una sierra eléctrica. El colmo. Se levantó sin hacer ruido, se fue vistiendo y cada segundo se convencía más y más que ella estaba de sobra en aquel lugar. Bajó las escaleras de aquel hotel con olor a verduras y se volvió al calor de su hogar.

No tenía perdón. ¡Pobre Paco! Y sonreía pensando que no le vendría mal aprender a moverse como era debido.


Se despertó sobresaltada. Su amiga la zarandeaba. ¡Venga! Hay que ir a las clases de bolillos y tienes la casa sin barrer. 

© Marieta Alonso Más

lunes, 22 de octubre de 2018

Nuevo Akelarre Literario nº 37: Mujeres cargando flores



Obra del autor mexicano Alfredo Ramos Martínez
(Monterrey 1871-Los Ángeles 1946).

Dio esplendor al pastel, hizo murales muy importantes y fue calificado como pintor de mujeres y flores.

Director de la Academia Nacional de Bellas Artes. En estos años fundó las Escuelas de Pintura al Aire Libre en la ciudad de México, teniendo como alumnos, entre otros, a Federico Siqueiros.

En 1930 se mudó con su familia a Los Ángeles, ciudad en la que desarrolló imágenes de fuerte carácter nacional en las que el universo indígena fue protagonista.

Este notable artista es un icono del arte moderno, que le valió el sobrenombre de «Pintor de las melancolías», por parte del escritor Rubén Darío. Junto con Diego Rivera, se le considera el precursor y máximo exponente de este género pictórico, aunque hoy en día muchos le consideran a él el verdadero impulsor de la pintura mexicana contemporánea.


Pinchad aquí debajo. Disfrutad

https://www.nuevoakelarreliterario.com/mujeres-cargando-flores/#comment-283

domingo, 21 de octubre de 2018

Amantes de mis cuentos: Pánico




Salir a flote es la gota mágica de todo el que naufraga, así meditaba Graciela, mientras intentaba calmarse. 

El tiempo era el único que podía ayudarla -si la analítica daba buenos resultados- a  olvidar todo aquello que no merecía la pena recordar.

Su matrimonio que desde el principio chapoteaba había naufragado. Mucho tiempo llevaba pensando en este momento y ahora que él se había marchado tras un intercambio acalorado de duras palabras sentía no haber dicho todo lo que tenía pensado. Siempre le sucedía lo mismo.

A la superficie brotaba, igual que con el arroz, solo el grano, cuando en realidad lo que tenía valor era lo que quedaba pegado en el fondo del alma y en el fondo de la cacerola y que surgía al encontrarse sola, igual que cuando comía la raspa a escondidas.

El muy cobarde ni siquiera tuvo el valor de decirle la verdad durante todos aquellos años de matrimonio. Y ahora ella estaba en peligro.

Sabía que la engañaba. Él siempre le decía que sus celos eran enfermizos. Le vigilaba y nunca encontró otra mujer a su lado. Siempre con los amigos. Idiota. Ni siquiera le pasó por la mente lo que sucedía. No lo supo hasta hoy, cuando le pidió que no le abandonara, en estos terribles momentos. Se moría.

Su otra pareja, aquél amigo que tantos momentos compartió con ellos, le había sido infiel. El contagio llegó como se suceden las estaciones del año, a su tiempo.

© Marieta Alonso Más

domingo, 14 de octubre de 2018

Amantes de mis cuentos: El pastor ilustrado

Pastor, por Andrés Solá

Mi padrino, el Cipriano, cuidaba de cien ovejas. Al verle venir cada tarde con el rebaño por la cuesta de la Ermita de la Virgen de la Soledad, esperaba que me llamara con su fuerte silbido. E iba a su encuentro. Nos sentábamos bajo el álamo blanco al lado del abrevadero, mientras los animales pastaban a nuestro alrededor.

Con el bastón dibujaba en la tierra un círculo y dentro una cruz marcando el norte, el sur, el este y el oeste. Tras un minuto de silencio preguntaba dónde quería ir. A veces dejábamos que fuera el moco de Moisés, mi pavo, el que decidiera. Y comenzaba así:

En mis años mozos era yo un chaval, espigado e inquieto con ansias de ver mundo. Un día tomé el hatillo y sin decir nada en casa me fui… A París.

Se me había metido en la cabeza regañar a Napoleón por la metedura de pata de invadir suelo ruso, pero al ver el lugar que alberga sus restos mortales me quedé con la boca abierta y no supe qué decir. Le gustaba vivir bien hasta después de muerto, al condenado.

En la Catedral de Notre Dame recé las tres oraciones que me sé, y cuando vi a un hombre mayor rondando por allí fui a pedirle que me presentara a Quasimodo, no me entendía -yo a él tampoco- y eso que le hablaba bien alto. Me sorprendió. ¡Con lo fácil que es hablar español! Por otro lado como entiendo el lenguaje de las ovejas no imaginé que el idioma vecino se me fuera a resistir.

A la Torre Eiffel no subí ni siquiera al segundo nivel que es el que mejor vistas, comentan que tiene. Me puse a pensar que si desde arriba veía todos los edificios se me iban a quitar las ganas de hacer turismo.

Me animé a ir al Louvre a ver el famoso cuadro de ese tal Leonardo llamado La Gioconda que por un diccionario saqué que significaba: «La alegre». No se parece en nada a las chicas que trabajan en el club de la carretera. Me miraba de reojo y yo a ella también. Me percaté de que carecía de pestañas y cejas y aun así era bien guapa. La sonrisa ¡Ay la sonrisa! He leído que la llaman enigmática pero a mí -estoy seguro- me estaba preguntando ¿qué hacía allí? Que mi lugar estaba donde las ovejas.

Y me vine a cumplir la orden, hasta que de nuevo me entraron esas ansias de viajar y me fui a…

De niño soñaba con ir a tantos lugares lejanos como había hecho, el Cipriano, mi padrino, el hombre más culto y aventurero que yo había conocido. De mayor supe que ni siquiera había ido al pueblo de al lado. Me llevé un sonoro disgusto, pero al recriminarle por tantas mentiras me convenció de lo sosa que era la verdad y que lo había hecho para que aprendiera a soñar despierto.

Hoy ocupo su lugar y leo, leo, leo para algún día visitar -acompañado de mis ovejas- todos aquellos lugares a los que viajé siendo niño.



© Marieta Alonso Más