domingo, 25 de octubre de 2026

Amantes de mis cuentos: Deuda de honor

 






Me llamo Pepín y tengo siete años. Ayer murió mi padre, estamos en abril, comienzo de la primavera y mi madre no deja de llorar. Dice que ahora es viuda, que me he quedado huérfano y que mi padre se llevó a la tumba la llave de la despensa. Eso no lo he entendido muy bien porque nuestra despensa no tiene cerradura. Le ha dicho a sus mejores amigas que corran la voz de que ahora en adelante se dedicará a lavar y planchar ropas ajenas. Visto y no visto, ya en el velorio había conseguido a seis clientas.


Hoy, después del entierro se ha sentado a escribir en una hoja en blanco. Ha doblado el pliego y me ha pedido que se lo entregue en mano al señor Rodríguez, el dueño de la tienda de víveres de la esquina. Le fiaba a mi familia todo lo que comprábamos durante el año. Y cuando terminaba la zafra, a finales de mayo, iba de la mano de mi padre a pagar nuestra deuda. Era muy habitual comprar de esa manera.


Salí de casa a todo correr, a cumplir con el recado. Al llegar un dependiente me saludó preguntándome:


—Hola, Pepín, ¿qué vienes a buscar?


—Quiero hablar con el señor Rodríguez


No hubo necesidad de llamarlo. Apareció y me invitó a pasar a la trastienda, donde estaba su escritorio. Me pidió que me sentara en su sillón y él lo hizo en un taburete.


Le entregué el papel que había escrito mi madre. Lo leyó despacio.

Movió la cabeza de arriba a abajo y me dijo que hablaríamos de hombre a hombre.


—Sí, señor.


—Necesito que me hagas una promesa.


—Sí, señor.


—A partir de este momento, tú eres el deudor.


—Sí, señor. Pero, ¿eso qué es?


Me lo explicó.


—¡Ah!, y dile a tu madre que no se preocupe. La deuda anterior queda cancelada. Borrón y cuenta nueva. Y recuerda tu promesa. No me falles.


—No, señor.


Sellamos el contrato con un apretón de manos.


Pasaron los años. Cada primero de abril mi mamá me daba un sobre con el dinero y yo se lo entregaba en mano al señor Rodríguez, que decía en voz alta: se renueva el contrato entre José Pérez García y esta Sociedad Anónima.


Pude estudiar gracias a las becas que conseguía por las buenas notas que sacaba. Al terminar mi carrera, obtuve un buen trabajo. Y no había pasado ni seis meses cuando me presenté, esta vez con mi madre, delante del señor Rodríguez, a pagar nuestra deuda y cancelar el contrato, prometiendo a ese hombre que tanto nos ayudó, que de ahora en adelante, compraríamos al contado.


© Marieta Alonso Más


domingo, 18 de octubre de 2026

Nuevo Akelarre Literario nº 133: Taormina

 




Taormina es una localidad ubicada en lo alto de un monte, en la costa este de Sicilia. Se encuentra cerca del Etna, un volcán activo con senderos que conducen a la cima. El municipio es conocido por el Teatro Antico, un antiguo anfiteatro grecorromano que aún se utiliza. Cerca del mismo hay acantilados que forman calas con playas. Un estrecho tramo de arena conecta con Isola Bella, una isla diminuta y reserva natural.


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domingo, 11 de octubre de 2026

Amantes de mis cuentos: Técnicas para enamorar

 





Aquel verano de mis dieciséis años tomé la decisión de enamorarme. Todos mis amigos tenían novia y yo estaba más solo que la una. Mi afición era leer, leer y leer.


Me gustaba la poesía, las novelas, los comics, los periódicos, los anuncios... Debía encontrar a la chica de mis sueños para no llegar a ser un solterón empedernido, como diría la abuela.


Hice un repaso de las chicas que conocía. Y me desanimé. Todas ellas estaban rodeadas de moscones, salvo una que me dije: Esa es tan rara como yo. Siempre está sola.


Un día la vi paseando por el camino que lleva al Castillo y como alguien caído del cielo me acerqué. Ni cuenta se dio. Tuve la intención de decirle muchas cosas, pero me había vuelto mudo. No arrancaba a hablar. Se me olvidaron las palabras.


Menos mal que me acordé de Benedetti y tomé carrerilla. Como si no existiera pasé por su lado como un loco trovador, repitiendo más o menos:


Mi táctica es mirarte

aprender como eres,

quererte como eres


Para mi asombro escuché una voz melodiosa:


Mi táctica es hablarte

y escucharte,

construir con palabras un puente.



Me paré en seco. Tartamudeando continué:


Mi táctica es quedarme en tu recuerdo.

No sé cómo ni sé con qué pretexto,

pero quedarme contigo.



Y, anda que no me quedé. Llevo con ella más de sesenta años.

Cuando discutimos por nimiedades, ella recita al uruguayo y se acaba el problema. Gracias a ese hombre que nunca tuvimos el placer de conocer, encontramos la solución perfecta para nuestras desavenencias. Es como si fuera de la familia, porque recitándolo tuvimos doce hijos. Al primero lo bautizamos con su nombre.


© Marieta Alonso Más


domingo, 4 de octubre de 2026

Amantes de mis cuentos: Malandra por obligación

 




La tía Julia, que no tenía responsabilidad con nadie y nadie la tenía con ella, se vio de repente ante la tesitura de dar de comer, vestir y atender a siete sobrinos entre dos y ocho años. A su hermana y cuñado les había dado la ventolera de coger rumbo hacia la Eternidad sin comentárselo siquiera.

Ella, que tanta fama tenía de trabajadora y honrada, cualidades que le permitieron colocarse de cocinera en el palacio de los condes de su pueblo, se vio abocada a agilizar la mente, por los acuciantes intereses familiares y las bocas abiertas de aquellos rapaces. Salir bien parada de tristes andanzas y utilizar las manos para hurtar con astucia, fue algo realmente imprescindible.

Tanta picardía y maña se dio que para todos siguió siendo la persona más honrada de su pueblo. Y eso que trapicheaba con las sobras, ya fueran alimentos de la despensa, ropa de los armarios, jabón de olor, agua de colonia... Todo lo afanaba para que sus niños no pasaran hambre y estuvieran como una patena de la cabeza a los pies.

 

 

© Marieta Alonso Más

domingo, 27 de septiembre de 2026

Amantes de mis cuentos: Peticiones

 



Nona tras la epidemia de 1918 en que perdió a sus tres hijas, tuvo que cuidar a cinco nietos pequeños, entre seis meses y cuatro años; un marido siempre enfermo, era alérgico al trabajo; tres yernos que los viernes se gastaban en el bar lo que habían cobrado en la semana y, desesperada se iba a la iglesia.

Ante la imagen del Cristo de la Buena Muerte, resguardada en un rincón, pedía casi a gritos, como si amonestara al Señor, que la sacara de la tierra, que ella estaba muy vieja para tanto quehacer; que los nietos crecieran rápido, se hicieran hombres y mujeres de bien; que los yernos se casaran con cualquiera de las pelanduscas que merodeaba en el bar y se los llevaran bien lejos, que nunca volvieran; y si tanto se empeñaba en no llevarla junto a Él..., al menos ¡Jesús mío, déjame viuda!



© Marieta Alonso Más

domingo, 20 de septiembre de 2026

Nuevo Akelarre Literario nº 132: Perfumes

 

Nuevo Akelarre Literario nº 132: Perfumes

 


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