domingo, 26 de junio de 2016

Amantes de mis cuentos: Pasión por el circo




Mi maestro era alto, delgado y tan recto en el físico como en su forma de ser. Tenía un arte especial para preguntarle siempre a quien no podía ni quería responderle. Y yo era uno de ellos. Creo que me odiaba por ser quien era, aunque yo no tenía ni un átomo de culpa por vivir en una caravana, ni porque mi padre fuera domador de leones, y mi madre la reina del trapecio.

Un día me pidió en clase que le dijera en voz alta y clara, delante de todos, la definición de león. Me quedé mudo. Así que le pasó la pregunta a mi compañera de pupitre. Y ella, toda oronda, soltó:

- León viene del latín leo, leonis.  Es un mamífero carnicero de la familia de los félidos que se adorna con una melena espectacular.

No me explico cómo se puede describir a Lorenzo, mi querido león, de forma tan absurda. A Lorenzo hay que admirarle por su nobleza, su lealtad, su fuerza. Ya quisiera ella con su pelo lacio, marchito y escaso, tener su espléndida cabellera. Bien es verdad que está algo escuálido, pero llamarle carnicero no me parece apropiado.

Claro que ella no tiene la suerte que tengo yo de vivir en un mundo de aventuras.

¡Ay, mi padre! ¡Cómo se pondrá cuando el maestro le vaya con el cuento! Él, que tan satisfecho está de sí mismo, porque saliendo de la nada ha llegado a ser el amo de su propio circo; que cuenta a todo el que tiene a mano sus desdichas, su vida miserable de la que salió gracias a su carácter resuelto. Orgulloso en su humildad, no perdonará que su hijo haya quedado como un tonto frente a la clase y que una pazguata, fea y flaca, quedara como la lista.

Se enteró y fue el acabóse. Mi padre no se explica cómo puedo sacar sobresaliente en todas las asignaturas y quedarme petrificado al hablar en público. ¡Qué desgracia! Un hijo circense y tímido es lo peor que le podría ocurrir. 

El maestro, en su línea, ponderó mis otras virtudes, pero siempre recalcando que el circo era una mala influencia para un chico con futuro como yo. Mi padre ni cuenta se dio de que Caradepalo, con su forma de hablar tan elocuente, estaba dando más prestigio a su hijo y a sí mismo que distinción a su oyente.

Y de pronto… de la noche a la mañana me encontré lejos del circo, de Lorenzo, de mis padres, porque me quedé a vivir en la casa del maestro. Entre ellos se pusieron de acuerdo para hacer de mí un hombre de bien. Ni siquiera preguntaron mi opinión.

Se fueron al diablo las emociones, los saltos espeluznantes, los enfrentamientos a fieras domadas, el galopar sobre hermosos corceles.

Total… por un título universitario, una cuenta bancaria sustanciosa, un matrimonio con Pelo Pobre y un lugar distinguido en esta sociedad de la que nunca recibiré un aplauso atronador.


domingo, 19 de junio de 2016

Amantes de mis cuentos: Pasos parlanchines


Tengo un oído fino. Conozco por sus pasos a familiares, amigos y vecinos. Hay pasos lentos, cansinos, ágiles, nerviosos. Los hay que marcan el paso. Llegué a saber el estado de ánimo de cada uno por sus pasos. Nunca pensé que este don me serviría para matar el tiempo en esta mazmorra donde estoy desde que me secuestraron.

Todo ocurrió en un santiamén. Quedé en posición fetal en el maletero durante horas. Lo que me costó enderezarme. Luego con los ojos vendados me trasladaron a esta habitación que tiene de largo nueve pasos cortos y de ancho cuatro pasos largos.

No me puedo quejar y nunca mejor dicho.

Por una gatera me pasan la comida y el agua. Yo les devuelvo el excremento y la orina en uno de esos cubos para jugar los niños con la arena de la playa. Por el mismo lugar devuelvo el plato y el vaso.

Me devuelven el cubo vacío y con el borde hago una muesca en la pared. Llevo siete marcas, una semana desde que me encerraron.

Les dirijo la palabra. No me contestan. Les he puesto nombre a los pasos.

−¡Buenos días, pasos contundentes! Se nota que has descansado.

−¡Buenas tardes, paso ligero! No descuides a la novia.

−¡Buenas noches, paso murmullo! Vaya faena eso de estar toda la noche en vela.

Hoy ocurre algo raro. Los tres han llegado a la vez pisando fuerte. Se abre la puerta y un haz de luz inunda toda la estancia. Me colocan un antifaz. Ellos llevan pasamontañas. Me ponen en pie. Salimos los cuatro. La hierba está alta y húmeda. A unos doscientos metros me empujan y caigo al suelo. Oigo como si una piedra rozara otra y ¡Zas! Un estallido. Ni tiempo me dio para decir adiós.

domingo, 12 de junio de 2016

Amantes de mis cuentos: La anciana de la garrota

Las brujas de San Millán
Ignacio de Zuloaga



Iba camino de mi trabajo a las seis de la mañana y en plena avenida tuve que frenar en seco porque una anciana cruzaba la calzada como si el semáforo estuviera en verde para ella. Sin ponernos de acuerdo todos los conductores sacamos la cabeza por la ventanilla e increpamos a la señora. En vez de aligerar el paso, lo que hizo fue hacernos frente parándose en mitad de la calle con una mano en la cintura, un pañuelo negro cubriendo su cabeza, sus faldas largas y su bastón amenazante.

¡Coño, si es mi abuela! ¿Qué hace aquí a estas horas?

Me bajé del coche y la llevé hasta la acera. Corrí para aparcar mientras escuchaba gritar: ¡Bruja, más que bruja! Y aunque antes yo había gritado algo más gordo, ahora me sentó muy mal, era mi abuela y no tenían por qué ofenderla. 
Como está sorda como una tapia estaba tan tranquila sentada en el banco y me explicó que salía a caminar por prescripción facultativa y lo hacía a esas horas porque más tarde el calor era apabullante y por eso aprovechaba el fresco de la mañana.

-         Abuela, no puedes cruzar la calle como si estuvieras en el pueblo.

-         No te preocupes, hijo, ya frenarán.

La alegría se le desbordada por los ojos por haber tenido la suerte de verme y me explicó con lujo de detalles que esto de salir a caminar sin tener algo que hacer, era una pérdida de tiempo por lo que, siempre buscaba un sentido a sus paseos.

Ha comprobado la clase de ataúd que su Seguro de Deceso le tiene asignado. ¡Una birria! Y ha reservado uno a su gusto. Visitó a su costurera y le ha encargado la mortaja. Cada día va a la notaría y agrega un codicilo al testamento, el notario un encanto pero la secretaria murmura por lo bajo, ella no oye lo que dice pero se lo imagina. Y hoy, va a ir a su entidad bancaria porque haciendo cuentas, con eso del redondeo le están robando, cada mes, cinco céntimos y como no tienen la delicadeza de regalarle ni un bolígrafo, ni un calendario; se los va a reclamar. Hay que tener mucho cuidado con los banqueros, hijo, solo saben barrer para ellos.

domingo, 5 de junio de 2016

Amantes de mis cuentos: Al filo de una palabra




Marimacho me llamaron las lenguas de doble filo cuando ayudé a reducir un gato con tenía rabia. En otro momento no me hubiera herido esa palabra, pero allí estaba él, el hombre que me atraía más que ningún otro.

Nunca reparó en mí hasta que oyó lo que me llamaron y desde entonces me dedica una sonrisa burlona cargada de interrogantes. Me gustaría que él me viese vestida de mujer con zapatos y medias finas.

Desde que han brotado en mí esos sentimientos tengo un afán casi obsesivo por tener la casa limpia, ordenada, hasta la encalé sin ayuda de nadie. Mi padre me mira fijamente y mueve la cabeza. Hace una semana le pedí que el día de la matanza uno de mis hermanos me reemplazara a la hora de sajar al cerdo. Me contestó que no tenía por qué cambiar la norma, ¿para qué? ¿A cuento de qué venía ese cambio?, que las costumbres eran casi como leyes o es que yo no lo sabía. La verdad es que siempre lo he matado yo, mis hermanos son muy remilgados para eso.

El día de la matanza, él se presentó en casa junto con los demás vecinos. Nadie reparó en mi pelo recién lavado, recogido en una coleta, ni en la lechera con flores que había colocado sobre la mesa.

Y comenzó la jornada.

Para mí liquidar al marrano era cosa de poco. Estoy acostumbrada a que cuando hay que hacer algo se hace. Precisión. Rapidez. En un momento dado pude ver como él se iba hacia los matorrales con una chica del pueblo. Un poco más tarde reapareció con ella a su lado. Me traían un cubo lleno de agua. Se reían y me miraban. Me di la vuelta. Llegaron ante la mesa, sentía su mirada fija en mi espalda cuando le oí preguntar con sorna:

-          ¿Marimacho?

Despacio fui girando con el cuchillo en la mano. Precisión. Rapidez. Y con horror comprobé que él, con la mano libre, se tocaba el corazón.